martes, 5 de enero de 2016

ANTECEDENTES SOCIO CULTURALES

Siendo el deporte una actividad con la que me siento plenamente identificado, me hace ilusión relatar lo que ha supuesto para mi valle de Buelna, y más concretamente para Los Corrales, la práctica deportiva del balonmano, de la que ahora se cumplen 50 años.
Si bien es cierto que en el año 1953, conmemorando el 75 aniversario de la llegada a España de los Hermanos de La Salle, hubo un primer intento de balonmano a 11, se quedó prácticamente en exhibición en el estadio Forjas de Buelna (hoy Luis Andrés Samperio) entre estudiantes de la escuela de aprendices de aquellos años. Tras esta exhibición, me comentan que se jugó en el Malecón de Torrelavega otro partido, también de balonmano a 11, contra un equipo de Santander, al que se consiguió vencer, por 8 a 3.
En el año 1957 Nueva Montaña Quijano encargó a Mariano Moreta, que era el profesor de Gimnasia del colegio de La Salle, la preparación de un grupo de jóvenes, para participar en los Campeonatos Nacionales de Empresas, en distintas actividades, como atletismo, fútbol, ciclismo, baloncesto y balonmano. Así como la mayoría de deportes se practicaban asiduamente en nuestra localidad, hay que reconocer que al balonmano no se había jugado nunca hasta entonces. Fue el Hno. Eugenio el encargado de seleccionar a un grupo de muchachos de los que jugaban al baloncesto, para tras leerlos el reglamento de dicho deporte, ponerlos en un par de semanas en disposición de afrontar el reto de presentarse a la fase regional para tratar de clasificarse para el Nacional, que se jugaba en Madrid.
En esta fotografía podemos ver a algunos de los componentes de esta selección. El primero que está de pie a la izquierda es Vicente Miera, que más tarde sería jugador del Real Madrid y seleccionador español de fútbol, consiguiendo la medalla de oro en los juegos olímpicos de Barcelona. Este participaba con los corraliegos junto a otros deportistas más por pertenecer a Nueva Montaña de Santander, junto a él podemos ver también a Eduardo “Niño” Vela y los hermanos Fernández (Gonzalo, Luis y Carlos), este último sentado.
En esta otra fotografía hay intercalados algunos deportistas que pertenecían a la otra factoría situada en Nueva Montaña, pero hemos podido reconocer a la mayoría de los integrantes de nuestro valle.
En la primera fila, entre otros, están: Gonzalo Fernández, Emilio Rasilla, Antonio Pérez-Rasilla (Chillu), Niño Vela, Peña (Practicante), Hno. Eugenio, Delegado Provincial de Deportes, Mariano Moreta, Hno. Ángel, Juan José Ortiz y José López Fuentes. La segunda fila la forman: Ricardo Bustamante, Bernardo Lasarte, Carlos Fernández, Lorenzo Obeso, Tabardillo y Roli.
En la tercera fila están entre otros: Frutos Jara, Javier Hinojal, Manuel Manrique, Luis Fernández, Germán Arce, Félix Sañudo, Agustín Correa, Rivavelarde y Fidel Lasarte.
En la última fila podemos ver a Buenaventura Moreta, Fernando Rasilla, Eduardo Saiz, Antonio Duvos, Nelo Arce, Fermín, Miera, Enrique, Miguel Ángel (Michu), Nicanor Puras y Constantino Alonso.
Entre los integrantes de ese equipo pionero del balonmano estaban Frutos Jara, que era el portero, José Luis Rivavelarde, Miguel Ángel Pérez Riaño (Michu), Tabardillo, Eduardo Saiz, Carlos Fernández (El Chileno) y Antonio Pérez-Rasilla (Chillu), los cuales, tras clasificarse brillantemente campeones regionales, ganando algunos partidos por goleada, partieron un 23 de junio en tren desde Corrales, ocupando entre todos los deportistas más de un vagón, y siendo despedidos en la estación por infinidad de personas. Cabe resaltar que en Madrid realizaron un excelente campeonato.
Pero su verdadero comienzo, al menos como se practica actualmente el balonmano moderno, adscrito a la Federación Cántabra de Balonmano, fue a partir del año 1963, en el colegio de La Salle, donde había sido destinado a cumplir su labor pedagógica José María Archaga, conocido como Hermano Agustín.
Para ponernos en sintonía debemos remontarnos unos años, y analizar someramente la situación social que tuvieron los jóvenes de nuestro valle en aquella época.
En la década de los 50 el valle de Buelna gozaba, gracias al impulso económico de su pujante desarrollo industrial, de unas perspectivas sociales y económicas envidiables con respecto al resto de la población regional y nacional. La empresa Nueva Montaña Quijano, S.A. financiaba la educación de la mayoría de los jóvenes y podía presumir que, gracias a la formación inicial recibida por los alumnos en la escuela elemental de La Salle y su posterior paso por la escuela de Aprendices, tenía una mano de obra con una excelente formación profesional.
Cabe resaltar que la educación recibida no solamente era gratuita, sino que esta alcanzaba también a los libros ya que pertenecían al centro, que a principio de curso entregaba a cada alumno el libro correspondiente a cada materia que se impartía, para que lo utilizase durante el período escolar correspondiente, recogiendo los mismos a final de curso para que valiesen para otro alumno, garantizando además, a los estudiantes que finalizasen la formación profesional impartida en el centro, un puesto de trabajo.
Esta actividad de la empresa generó en el valle una riqueza social, económica, laboral, deportiva e intelectual, que todavía hoy es apreciada y de la que sus beneficiarios siguen dando constantes muestras de agradecimiento a tan importante actitud social. La juventud de aquellos tiempos, entre los que me encuentro, no gozaba de los adelantos tecnológicos de los que disponen los jóvenes de ahora, no solamente no teníamos televisión, sino que consecuentemente tampoco disponíamos de Playstation, ni videojuegos, ni móvil, ni ordenador…, ni Internet. Solamente contábamos con un grupo de amigos con los que compartíamos lo poco que teníamos.
Había varios vecinos a los que sus peculiaridades convirtieron en personajes populares y entrañables. Recuerdo con especial cariño a varios de ellos: José Luis (El Vasco) con sus cálculos matemáticos, así como a su compañero de trabajo Lan, Enrique (el Marqués de Lobao), Ina, Marquitos, Pedrito el de los cupones, Carlos Pilatti y su inseparable amigo Pito, Tito y Faelín el Tacalero, ambos de San Mateo, Casimiro (el entrañable Marqués del Tejas), Camila, la agradable señora que nos vendía chucherías a la entrada del cine; Pedrito “El Cubano” y Chuy y Paquete, de Somahoz, La Sergia (fiel seguidora del Buelna), nuestro inolvidable y siempre jovial Bruno y alguno más que se me quedan en el olvido, con los que convivíamos a diario. Nos amenizaban los momentos del día que ahora serían prácticamente imposibles de repetir porque nos los llena la televisión. De todos ellos, los que en la actualidad peinamos canas, tenemos un recuerdo cariñoso y siempre estarán en nuestra memoria.
Jugábamos en el río, saltábamos desde los árboles, hacíamos trineos para deslizarnos por las laderas sobre la nieve, íbamos a la escuela todo el año en pantalón corto, ya que pantalón largo se ponía cuando entrabas a Aprendices. Montábamos en bicicleta, el que la tenía, aunque no dispusiese de frenos, e íbamos a visitar a los amigos de otro barrio o de otro pueblo. Tanto en casa, como en la escuela, se nos enseñó a respetar y a convivir con lo poco que teníamos.
La bicicleta era, en aquellos años, el vehículo más utilizado en el valle. Servía para que los productores se desplazasen a las fábricas y las señoras la usasen para hacer la compra en los distintos comercios, especialmente en el economato de Nueva Montaña Quijano. Servía también para que los jóvenes se trasladasen hasta su centro de enseñanza. Venían desde Somahoz, San Felices, San Mateo, Barros, Cieza, Coo….
Era una juventud que estaba siempre haciendo ejercicio. En aquellos años los jóvenes salíamos de casa por la mañana, para estar todo el día jugando al aire libre, volviendo cuando comenzaba a anochecer. En ocasiones fabricábamos nuestros propios patinetes (triángulos) con rodamientos con los que descendíamos las cuestas sin frenos. Lo peor que nos podía pasar era que nos cayésemos. Esto lo solucionábamos levantándonos lo antes posible, a la vez que nos servía de experiencia, para evitar volver a caernos otra vez.
Toda esta energía además de proceder de nuestra alimentación diaria, contaba con un suplemento adicional, que era el suministro de leche en polvo que recibíamos de USA. Concretamente en el colegio de La Salle el abastecimiento se realizaba de una forma peculiar. Cada niño tenía su vaso con el que diariamente, a la hora indicada, se dirigía a un habitáculo acristalado que había a la derecha de la entrada principal, con unas ventanas donde nos facilitaban a cada uno la leche en cuestión. El proceso de fabricación de la misma tenía su parte ingeniosa, ya que como se trataba de dárselo a muchos niños en poco tiempo, esta se elaboraba en una lavadora de aquellas antiguas, preparadas para ese fin, que disponía de una resistencia y unas aspas en el fondo de la misma. Con la resistencia se calentaba el agua, para añadir más tarde la correspondiente cantidad de leche en polvo, que debidamente agitada por las aspas, era sacada de la misma por el tubo de evacuación a una regadera, a la que habían quitado la cebolleta, para ser servida en cada vaso a los niños.
En nuestros barrios nos iniciábamos a practicar ejercicio con juegos tan ingenuos como la gallinita ciega, al escondite, la zapatilla por detrás, a pescar, o a otros menos ingenuos y con un mayor componente físico, como podían ser el marro, el pañuelo, o pico zorro zaina.
Ya una vez en el colegio de la Salle, los juegos que levantaban más furor eran: la peonza, las canicas, el treinta y uno, las chapas o el frontón, que era el recurso favorito cuando llovía y que practicábamos en la pared que va a lo largo del colegio, paralela a la carretera, que unía las clases de los más pequeños con las de los mayores.
Me viene a la memoria que, al menos en los cursos superiores de la educación llamada elemental, era obligatorio el jugar en los recreos. Con esta obligatoriedad se tenía a los alumnos controlados, realizando ejercicio físico, que a todos los reportaba un saludable beneficio. Para esta actividad se tenía institucionalizado un deporte conocido como balontiro.
Como el juego en cuestión estaba basado en la habilidad y la fuerza física, era habitual el que en cada clase hubiese dos categorías, una formada por aquellos que, bien por ser mayores que los demás, o por tener una mayor corpulencia tenían una mayor potencia de tiro y otra para los menores o menos desarrollados que los anteriores, para evitar peligrosos balonazos, que pudieran dañar a los más débiles.
También recuerdo que se organizaban competiciones internas de fútbol y de baloncesto por clases o por barrios, que gozaban de un enorme éxito.
Existía en aquellos tiempos un centro donde los jóvenes se reunían para jugar al billar o a los futbolines, que regentaba otro de los entrañables personajes que figurará también en el recuerdo de quienes hoy pasan de los 60 años. Se trataba de López, una persona mayor que se encargaba de poner orden entre la masa juvenil que acudía a aquel lugar y, que debo reconocer que trabajo le costaba conseguir que aquellos mozalbetes se comportasen con los modales adecuados. Mingo fue el encargado de continuar la labor del apacible López, una vez que se jubiló este.
Otra de las obligaciones de aquellos años era el asistir a misa de nueve de la mañana todos los domingos. Cuando esta terminaba, sobre la diez, había una muchachada dispuesta a practicar deporte en el patio hasta llegada la hora de comer. Se organizaban sobre la marcha partidos de fútbol sala, baloncesto y balonmano, de duración indefinida.
Esta situación fue aprovechada por el colegio de La Salle de Los Corrales, para crear auténticas escuelas deportivas, donde a infinidad de jóvenes se nos inculcó, después de recibir la formación académica, la pasión por el sano deporte, que hemos continuado practicando a lo largo de nuestra vida.
Nuestra única diversión en aquellos tiempos, tras quedar citados en las cafeterías de moda de entonces, que eran el Peñas y el Ontaneda y tras pasar por la confitería Ansorena, era ir al cine los domingos. Había cinco salas de cine, que por su contenido iban destinadas a distintos sectores de usuarios, generalmente en función de la edad. En una primera fase íbamos al Cine de los Hermanos, que se llamaba así por estar en el colegio de La Salle y eran películas dirigidas a ese sector de público infantil. Ejerció como tal lo que hoy es salón de actos, pero anteriormente se daba en una clase, donde Vicente Puente, cuyo hijo de igual nombre también practicó balonmano, era el encargado de proyectar la cinta correspondiente, que se hacía desde el ventanal de un aula contigua, sobre una sábana colocada al fondo de la clase, que servía de pantalla, situándose los asistentes en el sentido contrario al habitual, es decir, sentándose sobre la parte del pupitre sobre la que se escribía y poniendo los pies en lo que era el banco donde habitualmente se sentaban los niños.
La historia del cine se remonta a cuando Jerónimo Vázquez, ejecutivo de la empresa Nueva Montaña Quijano se le ocurrió la idea de impartir cine por los pueblos de la comarca con una furgoneta y una máquina reproductora, para lo cual convenció a Vicente Puente para que le ayudara, haciéndolo también en los festivales de Navidad y los domingos en el citado lugar.
Posteriormente le acompañó Pepe Ranchina durante una temporada y después quedó solo Vicente hasta que finalizaron las proyecciones.
A medida que íbamos creciendo nos íbamos desplazando a otras salas con películas que se adaptaban a la edad correspondiente. El siguiente paso, por lo tanto, era el cine de Acción Católica, que estaba donde está ahora el colegio de La Salle, situado junto a la plaza y en la que ponían películas para adolescentes.
Más tarde eran los cines convencionales, como El Churrero, situado en Los Palacios, en la entrada norte del pueblo, próximo al instituto Las Estelas. Otro de los cines era el Coliseum María Luisa, que estaba en la plaza, junto a los que fueron las escuelas nacionales, que ahora se quieren reconstruir, para poner el Ayuntamiento. El último de los cines, era el Cine Lido, que estaba en la calle Hermanos Salas, en los bajos del número 23, junto a la rotonda que está en la Avda. de Cantabria y el quiosco Cosio.
Cabe añadir que en aquellos años había establecida una calificación moral de espectáculos para las películas que se proyectaban en las salas de cine, por la que se establecían matices que diferenciaban lo que podía o no perjudicar a una persona de determinada edad o formación, que se publicaba en el tablón de anuncios de la parroquia.
La calificación, era la siguiente:
1.– Niños hasta catorce años.
2.– Jóvenes, de catorce a veintiún años.
3.– Mayores, de veintiún años cumplidos en adelante.
3R.– Mayores; con reparos, la misma edad, pero con «sólida» formación moral.
4.– Gravemente peligrosa (léase rechazable).
Posteriormente, a partir del 1 de mayo de 1963 el sistema de regulación de contenidos del Comité de Censura de TVE, al haber cada vez más programas cuyo contenido no era adecuado para los niños estableció también los siguientes niveles aplicables al apartado televisivo:
Un rombo, que indicaba que el programa no era adecuado para menores de 14 años y dos rombos, que indicaban que el programa no era adecuado para menores de 18 años.
La siguiente diversión, por aquél entonces, era el baile. Existía en un principio uno en El Churrero, pero la gente joven, poco amiga de convencionalismos, se las ingenió para agruparse y organizar sus propios bailes, que eran conocidos como guateques. Consistía en que varios amigos se reunían en casa de uno de ellos, con discos de vinilo y el correspondiente tocadiscos. Más tarde la OJE (Organización Juvenil Española), instauró un baile en La Pontanilla, en los bajos del edificio en donde hoy está situada la emisora de Valle de Buelna FM, más concretamente en lo que es la biblioteca Guillermo Arce. El siguiente paso eran las discotecas convencionales que eran el Oropulus, anteriormente denominada Sala de Fiestas Whisky Club, que estaba junto a lo que en la actualidad es la estación de autobuses y el Atom 2000, que estaba enfrente de la gasolinera que está en pleno centro del pueblo, en la Avda. de Cantabria.
Cabe reseñar que el colegio de La Salle, siempre sensible a las necesidades de la juventud, creyó oportuno crear un espacio en el que los jóvenes se reunieran y compartieran su tiempo de ocio, para lo que creó un club juvenil, con baile incluido, que bajo la supervisión del Hno. Raimundo, resultó un auténtico éxito. Los padres estaban tranquilos mientras sus hijos permanecían en este baile, ya que todo lo que provenía del colegio llevaba incorporado un sello de calidad que no existía en otros lugares.
También se desarrolló otra actividad cultural, ya que animados por la música del momento se formaron algunos conjuntos musicales emulando a los ya famosos The Beatles y demás grupos españoles del momento (Pekeniques, Mustang, Sirex).
En los años 60, se creó un conjunto musical llamado Los Existencialistas. Estaba formado por Pey Campuzano, Carlos Díaz Urreta, Miguel Ángel Pérez (Windy), Juanma González, Nacho Salmones y José Luis López, que fue el embrión de lo que más adelante serían los populares The Boys, que es como acabó llamándose el grupo.
El conjunto tuvo que reformarse tras la marcha de José Luis López, logrando posteriormente situarse en un lugar preferente del panorama musical de Cantabria y otras regiones españolas, siendo los The Boys los precursores de este movimiento cultural de aquellos años.
Seguía la música moderna, como se decía entonces, haciendo furor entre la juventud corraliega, y en el año 1963 aparecía este juvenil conjunto llamado "The Young". Este quinteto cuya edad oscilaba entre los 16 y 18 años estaba formado por Clemente García, Francisco J. López, J.A. Fernández (Ñin), Paco Rivero y Pedro Morante. Este grupo se dio a conocer actuando en programas como "Optimismo musical", "Caravana de la alegría", y "Radio Cantabria". Casto de Castro, de Radio Torrelavega, fue uno de los impulsores de esta agrupación a la que promocionó y apoyó incondicionalmente.
Otro de los grupos que alcanzó gran preponderancia fue el conocido como “Los Celtas”, que integraban Francisco Fernández, Manuel Fernández, José Luis López (Chiri) y César Laguillo.
Los “Celtas”, al tener que dejarlo César y Francisco sufrieron una remodelación, que dio origen al nacimiento de “Los Duques”, quedando definitivamente estos formado por Alejandro Ceballos, Manuel Fernández, José Luis López (Chiri), Vicente Glez. Campuzano y Javier García Lago, a los que posteriormente se incorporó Justí Echevarría, actual directora de la Coral, que tocaba el teclado, llegando a ser teloneros de Julio Iglesias, compartiendo camerino y escenario, en una actuación que este tuvo en la sala Chiqui de Santander.
Compartía espacio musical con Los Duques, otro grupo denominado “Los Guantes Rojos”, que integraban Fernando Urreta, José Luis Obregón (Capi), Julio Revilla y Fernando Campuzano, alcanzando también gran resonancia en el espacio musical de aquellos años. Los conjuntos musicales corraliegos alcanzaron gran fama en toda la región, ya que además de en Corrales actuaron en otros lugares como Reinosa, Mataporquera, Aguilar, Renedo, Matamorosa, Osorno, Carrión de los Condes, Torrelavega o Santander, en lugares tan emblemáticos como las discotecas Iris, Crisan, La Parrilla, Pista Río o el Chiqui.
Tanto este, como los otros conjuntos así como todo lo cultural y deportivo de aquellos años, tuvieron su embrión en el colegio de La Salle. Contaron con el asesoramiento de algunos de los grandes maestros en música de aquellos tiempos, como Doroteo López, Bienvenido González o algún profesor de La Salle, como fueron los hermanos Antonio o Eduardo, sin olvidarnos del polifacético sacerdote Guillermo Álvarez, al que se le guarda gran admiración tanto por sus enormes conocimientos técnicos y astronómicos, así como por su calidad humana. Fue también literato, científico, ingeniero y maestro, además de poseer unas excelentes capacidades en la papiroflexia y el miniaturismo.
También tuvieron asesoramiento técnico en cuestión de sonido, jugando aquí un papel importante Jesús Palacios.
Lo lamentable es que la mayoría de estas agrupaciones desaparecieron no solamente por las lógicas obligaciones laborales o familiares de sus integrantes, sino que tuvieron que abandonar esta actividad para cumplir con el servicio militar, que por aquél entonces era obligatorio, aunque todas ellas permanecerán en nuestro recuerdo por las tardes de diversión que nos proporcionaron.
Esta era la situación social, los gustos y entretenimientos que prevalecían entre la juventud de aquellos años, por lo tanto, estos eran los jóvenes que se encontró José María Archaga (Hno. Agustín) cuando llegó a Los Corrales y a los que dedicó su actividad docente.

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