viernes, 5 de marzo de 2010

ANECDOTARIO INTIMO (Augusto San Juan Escandón)


MI PRIMERA VISITA A LOS CORRALES DE BUELNA
Hace ya muchos años, de cuyo número no quiero acordarme, cuando era yo todavía un imberbe mozalbete, fui invitado por un pariente que vivía en este pueblo a pasar en su compañía la festividad de San Roque. Residía este pariente en Somahoz, en una antigua casona situada en la entrada del barrio hacia el norte no lejana del borde de la carretera. Se trataba del viejo palacio que todos hemos conocido y que, mandado derruir recientemente, no ha dejado más vestigios que el solar que ocupó durante siglos. Trabajaba mi pariente en la “Fábrica de puntas de Quijano”, pero explotaba, al mismo tiempo, un pequeño “café” o taberna en la planta baja de la vivienda que ocupaba.

Llegué por primera vez a Los Corrales un sábado por la tarde, víspera de la fiesta, haciendo viaje desde Torrelavega en un coche de caballos, conducido por su propietario, un simpático y barbudo cochero conocido con el nombre de Baldomero. Ya en Los Corrales, el coche me dejó en la plaza del Ayuntamiento, donde me esperaba el pariente para acompañarme a pie por la carretera hasta su casa de Somahoz. La carretera, desde la salida de Los Corrales, corría solitaria hasta la entrada de Somahoz, entre praderías y tierras de labranza que la bordeaban a uno y otro lado, sin más edificios que un núcleo de edificaciones que se distinguía a los lejos, a nuestra izquierda, del que destacaban una o dos chimeneas de no muy elevadas dimensiones. “Es la fábrica de puntas”, aclaró mi pariente.
Al llegar a Somahoz se respiraba ya el ambiente verbenero. La taberna o café de mi pariente se veía repleto de hombres, en su mayor parte obreros de la fábrica. En un ángulo del local un grupo de mozos entonaba, copa en mano, canciones montañesas y en el ángulo opuesto el pitero y tamborilero parecían ensayar algunos bailables que habían de interpretar en la verbena o romería. Era tan grande la algarabía del local, que resultaba casi imposible hablar y entenderse como no fuera a puros gritos.
Al atravesar el local en compañía de mi pariente para ganar la puerta del fondo que daba acceso a la escalera de la planta superior, se nos acercó un fornido muchachote, simpático y campechano, que propinándome en la espalda un fuerte manotazo y dirigiéndose a mi acompañante gritó:
-“¿Es éste el pariente que esperabas?
-“Si”-replicó el otro;
- “Pues convídale a lo que quiera –añadió- que hay que celebrar la fiesta”- y de nuevo dejó caer su manaza sobre mi espalda, aunque no con tanta violencia como la vez primera.

Nos acercamos al mostrador donde a mí se me sirvió un vaso de cerveza mientras que el mozo que invitaba pidió para sí una copa de coñac. Tomó éste la copa en su mano y justamente cuando la conducía a la boca en medio de su charla, advertí que dos juguetonas moscas, lanzándose juntas en picado, caían como flechas en su interior, contemplando estupefacto y silencioso, pues no tuve tiempo de avisarle, cómo el muchacho, que no se dio cuenta del accidente, se engullía vivitos dos robustos y repugnantes dípteros. Era la primera vez que veía un auténtico papamoscas, en el propio sentido de la palabra. Porque de los otros, los metafóricos, ya había visto antes y he visto después muchísimos, tantos que pienso que deben ser muy pocas las personas a las que la vida no les depare ocasión para merecer el título.
La cena fue copiosa y se roció con buen vino de Rioja, prolongándose la sobremesa hasta pasadas las once de la noche. Reiteradamente se me invitó a asistir a la verbena, que debía estar muy animada a juzgar por el griterío y bullicio que hasta nosotros llegaba de la calle por una ventana abierta, pero rechacé rotundamente todas las invitaciones, optando por marcharme a la cama. Y tuve tres razones para proceder así: el cansancio del viaje y la somnolencia causada por el vino eran dos de ellas, pero la principal, la decisiva, fue el considerar que un muchacho como yo, un seminarista en vacaciones, no podía ni debía asistir a un espectáculo público nocturno donde es esencial la promiscuidad de sexos. Por aquellos tiempos, la disciplina de los seminarios de sacerdotes era mucho más rígida y austera que lo es ahora. Nos obligaban a vestir de negro en vacaciones y a permanecer apartados de toda fiesta mundanal y de toda concurrencia que pudiera representar un peligro para nuestras vocaciones sacerdotales.
Me acosté, digo, a poco más de las once y, a pesar del cansancio y del sopor, tuve que pasar la mayor parte de la noche en vela, pues las voces de la planta baja y el griterío de la calle no me dejaron conciliar el sueño. Sólo cuando se hizo el silencio, hacia el amanecer, pude quedarme dormido.
Serían las diez de la mañana cuento me levanté. Lucía un espléndido sol de verano y después del desayuno decidí dar un paseo por la carretera hacia el sur para contemplar el Besaya que aquel día bajaba bastante crecido, según se me dijo. Pero al llegar a la explanada central, de la que parte el camino que conduce a San Andrés, observé en medio de la carretera a un grupo de personas excitadas que gesticulaban mucho y hablaban en voz alta. Me enteré, al aproximarme a ellas, de que pocos minutos ante se había producido allí mismo un accidente, del que la única víctima fue una pobre vaca que iba acompañada de su cría. Y se veía a la vaca atada a la reja de una ventana de una de las casas de la derecha. El desdichado animal estaba sosteniéndose en pie sobre sólo tres patas, pues una de las traseras aparecía totalmente tronzada y la colgaba pendiente de una parte de la piel. Su costado derecho presentaba enormes rasponazos y fuertes desprendimientos de piel, producidos al ser arrastrada en la carretera por el vehículo. La cría, al lado de la madre, no cesaba de buscar sus ubres, dando sobre ella fuertes embestidas, que la madre soportaba, limitándose de vez en cuando a volver su cabeza para lanzar a su vástago una mirada cargada de tristeza y resignación. Confieso que este espectáculo dramático me impresionó muchísimo y me llenó de indignación; me parecía que lo mejor hubiera sido sacrificar inmediatamente el animal para evitar inútiles sufrimientos. Comencé a increpar al grupo de hombres que rodeaban a los animales, pero inmediatamente se destacó uno de mediana edad, de cara difícil y toscos ademanes, que acercándose a mí, me espetó a boca de jarro:
-¡Oye, muchacho!, ¿Quién te da a ti vela en este entierro? No te metas en lo que no te importa y sigue tu camino- Giré en redondo y me volví malhumorado a casa. Fue esta la primera víctima de automóvil que conocí y de que tenía noticia. Por aquellos entonces eran muy pocos los vehículos de motor que circulaban por las carreteras. ¡Cuánto han cambiado los tiempos!

Después de la comida, llegó en mi busca mi buen amigo y compañero Segundín Quevedo, que muchos años haya, para desafiarme a una partida de bolos que tenía al lado de casa, que es la misma que hoy ocupa (en la actualidad ya no existe). La bolera desapareció hace ya bastantes años. Y cuando, al dirigirnos a Los Corrales llagábamos al punto en que la carretera enlaza el camino que conduce a Fresneda, observamos que por ese camino llegaba un grupo de cazadores que escoltaba a un pollino que sobre sus lomos transportaba un magnífico ejemplar de jabalí. Nos detuvimos y yo contemplé admirado aquel soberbio animal y hasta me acerqué a él para pasar mi mano varias veces por sus enormes colmillos. ¡Era la primera vez que veía y tocaba un jabalí! ¡Lástima que yo no conozca el nombre de los cazadores! Tal vez Segundo Quevedo los recuerde.
Mientras jugaba a los bolos, observé que un grupo de tres hombres andaban haciendo “algo” entre unos matorrales que lindaban al oeste con la huerta o finca de la casa. Segundo me lo explicó: “Son pescadores que andan a la anguila y al cangrejo”. Nos acercamos a ellos y conocí el Muriago, que pasaba y pasa rozando la finca. Estaba seco por haber sido cortado aguas arriba. Los hombres, provistos de unas tenazas o algo parecido, andaban removiendo las piedras y el fango de la madre y de vez en cuando atrapaban con las tenazas algún cangrejo o alguna anguila. ¡También era la primera vez que yo veía estos animales de río! Pero lo chocante es que en los treinta años que llevo ahora en Los Corrales y a pesar de que he recorrido muchas veces el curso del riachuelo desde su nacimiento, jamás he vuelto a ver persona alguna que estuviera dedicado a pescar en él. ¿Se habrán extinguido sus cangrejos y sus anguilas? Quisiera que alguien me respondiera a esta pregunta.
A la caída de la tarde regresaba a Somahoz acompañado de mi pariente. La carretera se veía muy concurrida por gentes que iban o venían de la romería. Bajo la nogalera de Pie Bandera había un campamento de gitanos. Una gitana de mediana edad, que tenía a su lado a dos niños, estaba sentada en el suelo recostada sobre un corpulento nogal avanzado casi hasta el borde de la carretera y con grandes voces anunciaba la “buenaventura”, manteniendo en torno suyo a un grupo de personas, jóvenes en su mayor parte. Nos detuvimos al pasar y la gitana, al vernos llagar, nos gritó: “¿Les digo la buenaventura, señoritos?” Mi intención fue continuar sin hacerla caso, pero mi pariente se anticipó y replicó: “Sí, échesela a este muchacho”, al mismo tiempo que me empujaba hacia ella, la cual, después de examinar mi mano y de haber fingido una especie de arrobamiento, me anunció con gran solemnidad: “Te casarás en el pueblo y serás en él una persona importante, tendrás muchos hijos - ¿Cuántos? Interrumpió mi pariente- tendrás más de media docena de churumbeles –prosiguió ella- y terminarás siendo muy rico”. Mi pariente rompió a reír a grandes carcajadas y repuso, dirigiéndose a la gitana: “Creo que tu buenaventura está equivocada, porque esta muchacho no es del pueblo, ha venido a él por primera vez y se marchará quizá para no volver más, a menos que cuando sea cura venga de párroco a esta parroquia. Sería entonces verdad lo de convertirse en personaje importante del pueblo, pero en cuanto a casarse y tener tantos churumbeles, parece un poco difícil, y rompió de nuevo a reír. La gitana se quedó mirándole un momento y replicó: “Pues a pesar de todo eso no quito de lo dicho ni una palabra” No interesándome este discusión y para huir rápidamente de las risas de los espectadores, tomé a mi pariente por un brazo y lo empujé carretera adelante, hacia Somahoz. Durante el trayecto no cesó de reírse y de tomarme el pelo con el vaticinio de la gitana.


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Habían pasado muchos años desde aquella mi primera visita a Los Corrales y Dios quiso que durante nuestra guerra civil volviera a este pueblo como empleado de aquella “Fábrica de puntas de Quijano”, a la sazón denominada “José María Quijano, S.A.” Poco tiempo después de mi llegada, se me hizo el honor de ser nombrado Alcalde de este Ayuntamiento, cargo que desempeñé durante algunos años con el máximo ardor y cariño de que fui capaz. Y También poco tiempo después, contraía matrimonio con una hija de este pueblo, que me ha dado siete hijos.
Jamás creí en agüeros, hechicerías o cosas supersticiosas, como dice el Padre Astete. Siempre consideré cosa de risa los trasgos y los fantasmas. Igualmente, me he reído siempre de aquellas personas que atribuyen cierto maleficio a un gato negro, al número 13, al año bisiesto y al pobre e inofensivo mirón en el juego. Ni siquiera he tenido fe en los médicos-brujos o brujos-médicos, por muchas maravillas que me hayan contado de ellos. Pero sobre todo, las gitanas con su “buenaventura” siempre fueron objeto de mis mayores mofas. Y he de confesar sinceramente hoy que, al recordar la “buenaventura” de aquella gitana de Pie Bandera y ver cómo se han venido cumpliendo sus vaticinios todo mi escepticismo a ultranza en estas cosas, parece que se ha reblandecido un tanto. Seguiré mofándome de ellas, pero siento un impulso en mi interior, más fuerte que mi voluntad, que me mueve a rellenar todas las semanas una quiniela y a jugar de vez en cuando a la lotería. Todavía no he podido, o no he sabido o no he querido ser rico (escoja el lector el término que más le guste), que es lo único que falta para que el vaticinio de la gitana quede totalmente cumplido y, a lo mejor -¡quién sabe!- se da también esta coincidencia.

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Como vemos en los recortes de prensa del Diario Montañés, no tuvo que esperar mucho Augusto San Juan para ver cumplido el último vaticinio de la gitana


APARECIERON LOS AFORTUNADOS CON EL SEGUNDO PREMIO
Ayer hemos sabido que la serie del número 3.981, premiado con 15.000.000 de pesetas en sorteo del día 5 del actual, vendido por la Administración nº 2 de Torrelavega, que regenta don Ricardo Gómez, fue adquirida a medias por don José Manuel Carmona, empleado de la Caja de Ahorros de Santander en Los Corrales de Buelna y don Augusto San Juan Escandón, vecino de dicho pueblo, los cuales perciben siete millones y medio cada uno.
Ambos afortunados, satisfechos de su suerte, pese a que no quieren hacer ninguna publicidad de tan grata noticia, esta está en la calle; no obstante, hemos procurado confirmarla y, como es natural, se la ofrecemos a nuestros lectores y aprovechamos la oportunidad para felicitar a don Augusto y a don José Manuel por tan grato acontecimiento.


QUINCE MILLONES DEL SORTEO DEL NIÑO, EN LOS CORRALES DE BUELNA
(Crónica de nuestro corresponsal “Capeli”)
Por este pueblo corría el rumor de que había correspondido a un conocido y estimado convecino, a quien inmediatamente entrevistamos y que a duras penas nos confirmó la noticia. Luego tuvimos ocasión de ver en la entidad bancaria el billete premiado donde estaba depositado.
Quien compró el número fue don Augusto San Juan Escandón, que se desplazó a Torrelavega con este único fin. En principio tenía la intención de quedarse con él completo, pero el otro poseedor de la mitad, muy amigo del señor San Juan, le propuso comprarle a medias accediendo con la condición de que ninguno de los dos supiese el número que iba a comprar, a cuyo efecto metieron cada mitad en un sobre cada uno que luego cerraron acordando que el día 6 a las doce de la mañana abrirían los sobres, encontrándose con la sorpresa de haberles correspondido a cada uno siete millones y medio de pesetas. Como es natural no pudieron dar ninguna participación a sus familiares o amigos porque desconocían el número.
El otro poseedor de la mitad del billete también es muy conocido en Los Corrales, pues es interventor de una sucursal bancaria del pueblo, cuyo nombre silenciamos a ruegos del interesado y según nos manifestó piensa seguir trabajando.
El señor San Juan, había cesado oficialmente en el trabajo el pasado 31 de diciembre aunque todavía el mismo día del sorteo aún acudió a las oficinas de Forjas de Buelna, donde era jefe administrativo, para dejar solucionados los asuntos del trabajo, cobrando seguidamente el premio de jubilación que le correspondía por los estatutos de la antigua mutualidad de Forjas de Buelna y a las 24 horas supo que era millonario, sin que la noticia le afectara gran cosa.
A esta señor, natural de Comillas, contando 18 años y estando estudiando para cura, una gitana le echo la buenaventura y le dijo que se casaría con una chica del pueblo que tendría muchos churumbeles, que sería una persona importante y al final terminaría por ser rico.
El augurio de la gitana, que fue tomado a risa, se ha cumplido al pie de la letra. Efectivamente, el señor San Juan, 25 años después vino a trabajar a Los Corrales, se casó aquí con una conocida señorita de la localidad, tiene 7 hijos, fue alcalde durante varios años y ahora es millonario.
Como decíamos el señor San Juan no se inmutó lo más mínimo por la suerte que ha tenido, aunque a la larga haya mostrado su satisfacción, pero nos dice que su vida normal de siempre no se alterará lo más mínimo.

1 comentario:

  1. me alego ver publicado este anecdotario de mi padre
    gracias

    la sexta

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