sábado, 20 de marzo de 2010

CENTENARIO DE LA SALLE DE LOS CORRALES

DEL SÓTANO EN UN ÁNGULO OSCURO (SEGUNDO PREMIO)
A. José Salas Pérez-Rasilla

Todavía recuerdo atemorizado, amigo Torno, la visita que nos hizo aquella persona. Veo que tratan de poner fin a la confortable jubilación que llevamos en la actualidad. Me da la impresión que vamos a pasar el resto de nuestros días en un lugar de esos que ahora llaman “residencia”, pero que siempre se llamó asilo y que para disimular su significado han dado en mutar la expresión por otra que parezca menos dolorosa.
Desde luego amigo Taladro, tu pesimismo no tiene límites. Llevamos en este sótano una vida holgada y tranquila, lejos de aquellos años duros de trabajo y cada vez que alguien nos hace una visita renacen tus temores, cuando lo más adecuado sería alegrarse porque todavía se acuerda alguien de nosotros.
¿No te das cuenta que es frecuente en estas fechas el visitar la las personas queridas, con el fin de hacerlas pasar unos momentos agradables?
Te irás de este mundo siendo un taladro inconformista y gruñón. Ni en tus mejores tiempos supiste ser alegre. Todavía recuerdo aquél año en que nos pusieron a trabajar con aquellos muchachos. Mientras tú mostrabas preocupación porque dudabas que aquellos jóvenes que habían abandonado la agricultura y la ganadería fuesen capaces de asimilar todas nuestras enseñanzas, yo en cambio confié en ellos y con paciencia logramos alcanzar nuestros objetivos y completar su formación.
El tiempo me ha dado la razón. Fueron cientos y miles los alumnos que pasaron por aquí y hoy podemos contemplar que nuestra labor se potenció más de lo que preveíamos, ya que si en un principio nuestra misión era formar jóvenes operarios hoy vemos que esas enseñanzas han servido de base para que se formasen en otras áreas, contemplando en la actualidad orgullosos como muchos de nuestros alumnos ocupan puestos de responsabilidad en distintas empresas, siendo también muchos los que continuaron sus estudios y hoy son maestros, médicos, economistas, religiosos, etc.
Tampoco fuiste ecuánime con la labor de los jefes de taller ni con los Hermanos de La Salle. De los primeros pusiste en duda sus conocimientos y luego viste que eran infundados, pero no te diste cuenta hasta que presenciaste por ti mismo la gran labor que realizaron. De los Hermanos, tu falta de formación y desconfianza, te hizo ver fantasmas donde no los había. Tus antiguos temores, habrás podido comprobar que, eran infundados. No dejarás de reconocer que bajo su dirección, no sólo conseguimos los objetivos previstos sino que, a nuestras pobres enseñanzas mecánicas ellos supieron dar ese complemento que hoy a mi me llena de satisfacción y es que formaron personas, hombres que han demostrado ser no sólo unos excelentes profesionales, sino que además han sabido dar muestras de tener una sólida formación como personas y como padres de familia.
Te veo Torno un tanto duro y enfurecido con mi forma de pensar. Ten en cuenta que yo era más joven que tú y mis recelos y desconfianza iniciales se transformaron con el tiempo. Yo también estoy orgulloso, como tú, de nuestro pasado y he comprendido la labor de los jefes de taller y de los Hermanos. Mi rechazo inicial tenía más de inconformismo juvenil y de rechazo al superior, viniese de quien viniese, que a ellos personalmente. Ya sabes tú que soy el primero en valorar y reconocer de forma positiva su colaboración a lo largo de los años, pero ese no tiene nada que ver con mis negativas impresiones sobre aquella persona que nos visitó en compañía del Hermano Director. Desde luego no fue de mi agrado.
No, si tampoco eran de tu agrado las prácticas deportivas. Recuerdo todavía cuando decías que aquellos jóvenes corriendo y saltando en pantalón corto eran unos desaprensivos. ¿Qué me dices ahora? Bien te alegras cuando consiguen una victoria al baloncesto, balonmano, atletismo, etc. Menos mal que te convencimos que la práctica deportiva apartaba a los muchachos de otras prácticas menos recomendadas. Incluso de aquellos festivales gimnásticos, que eran del agrado de todos, llegaste a decir que no convenía dividir a los chicos en dos bandos (Amarillo y Azul), porque servía para enfrentarlos en rivalidades. No eras capaz de entender que entre gente joven la deportividad va más allá y no te convenciste hasta que otra vez comprobaste por ti mismo que, acabadas las pruebas tanto padres, como profesores, vencedores y vencidos daban muestra no sólo de aprobación, sino de sana alegría.
No fuiste menos afortunado en tus previsiones sobre la famosa “Operación Botella”, cuando para conseguir fondos que sirviesen para construir una estatua al Fundador, dijiste que era una operación descabellada que no iba a tener el respaldo popular. Más tarde comprobaste perplejo como se consiguió levantar, con el esfuerzo de todos, la estatua que podemos contemplar hoy día.
Y si en el pasado te mostraste escéptico e inconformista, ahora auguras un futuro peor. Hoy todavía ves con recelo que hayamos sido sustituidos por Dª Informática y Dª Electrónica. Permaneces anclado en el pasado, amigo Taladro. Menos mal que ahora ves con buenos ojos que continúen los Hermanos.
Te diré que hoy todo el mundo ha evolucionado y como comprenderás, esta escuela no ha permanecido ajena a estos cambios, sino que sigue siendo modélica en sus planteamientos y hace tiempo que se ha percatado que tiene que encaminar sus pasos hacia otros métodos y otras enseñanzas, más afines non los tiempos que corren.
No me es válida la comparación de que nosotros trabajábamos más duro que ahora, lo que pasa en que ahora se trabaja de forma distinta.
También pusiste el grito en el Cielo cuando viste matricularse en el Centro a chicas. Ahí afloró tu machismo y es que no te has dado cuenta que la mujer, día a día, se va incorporando a la vida activa, estando tan capacitada como el hombre para muchas tareas. No me digas que no disfrutas ahora viendo a esas jóvenes compartir las aulas y los trabajos con los chicos y no me digas que no es agradable ver que algunos de ellos se miran, animan y ayudan de una forma que va más allá del mero compañerismo.
He presenciado, con maliciosa alegría, como se desvanecían tus teorías en las que anticipabas que la entrada de chicas iba a convertir el Colegio en poco menos que un antro de perdición.
Lo mismo pasó cuando en el salón de actos se celebraba aquél baile que sirvió para que chicos y chicas del pueblo y hasta de la provincia, se reunieran en sana alegría y que tú desprestigiabas alegando no se que zarandajas pecaminosas, que sólo pasaban por tu mente. Ya me dirás si no echas en falta ahora un baile como aquél.
Sí amigo Taladro, la juventud de estos pueblos sigue esforzándose en mejorar y aunque ahora no tienen que desplazarse andando o en bicicleta, continúan de la misma forma que lo hicieron sus abuelos o sus padres, aunque con otro tipo de dificultades.
Antes el puesto de trabajo estaba asegurado, ahora después de su dura formación, empieza su peregrinar en busca de una colocación. ¡Menos mal que las enseñanzas adquiridas hacen que mejoren las perspectivas de colocación!
Compañero Torno, la vejez me ha dado experiencia y no me queda más remedio que reconocer que tienes razón en todos tus planteamientos. Nuestras divergencias me sirven para comprobar una cosa, que a ti se te ha pasado por alto, y que ahora está tan de moda y es que, a pesar de nuestras distintas “ideologías”, nos hemos aunado para conseguir todo lo que tu has enunciado y eso me hace ver, con un poco de optimismo, ese futuro que antes contemplaba con miedo. Me has hecho recapacitar y es que, cuando una misión tan importante como la enseñanza, que nosotros hemos impartido, dejó en un segundo plano nuestras ideologías y aunamos esfuerzos para conseguir un logro común más importante.
Eso me hace pensar que aunque hoy faltan vocaciones religiosas, la entrada de profesores seglares no va en detrimento de la enseñanza de los Hermanos, sino que teniendo ambos como fin común la formación de los jóvenes, se unirán como lo hicimos tú y yo, para continuar con la ardua labor que nosotros empezamos.
A propósito de nuestros inicios, ¡como ha pasado el tiempo! Se cumplen ahora 100 años del inicio de las actividades del Colegio. Hemos comprobado ambos como ha cambiado todo. Han pasado profesores, alumnos, leyes de educación, situaciones políticas distintas y el Centro continúa su marcha impasible a los distintos acontecimientos. Esto me hace pensar que algo tiene que haber, para que en esos 100 años. No haya cundido el desánimo, la desilusión, la fatiga y se me ocurre que ese mérito no debe corresponder sólo a los relacionados más directamente con el Centro, sino que es mérito de un pueblo entero, sus instituciones, empresas, asociaciones, fuerzas vivas, en definitiva, que hace que se sientan todos orgullosos del colegio que les enseñó sus primeras letras y continúan en el empeño de dilatar ese labor en el tiempo, para satisfacción y orgullo de todos.
Por fin veo que afloran tus ideas positivas. Ya me parecía a mí que, con motivo del Centenario acabarías reaccionando de forma optimista. Ya verás que alegría cuando en cualquiera de los múltiples acontecimientos preparados para su celebración, veamos desfilar por aquí a aquellos antiguos alumnos que hace tiempo que no vemos. Seguro que nos alegramos de ver incluso a los que nos hicieron algunas travesuras, propias de la edad, pero que a nosotros, tan serios, nos hacían rabiar tanto.
No me hables de travesuras Torno, que no se si podré perdonar todavía una de ellas. No diré el nombre, pero todavía recuerdo al alumno que en vez de taladrína me purgó con aceite de ricino. ¡Como le vea otra vez….!
No seas rencoroso amigo Taladro. A mi me reventaban poniéndome el doble de revoluciones, cuando iban retrasados con la pieza que les habían mandado hacer. Reconozco que de momento me enfadaba, pero pasado el tiempo me hacía gracia y ahora recuerdo aquellas pillerías con nostalgia y alegría.
Estaban tan entretenidos con su conversación que no oyeron los pasos que se dirigían hacia e sótano, hasta que el crujir de la puerta hizo que ambos interrumpiesen su ameno diálogo.
Era el Hermano Director que volvía en compañía de aquella persona que días antes habían estado en aquél lugar y que desencadenaron el pesimismo de D. Taladro.
Ambos prestaron atención al diálogo que los recién llegados mantenían.
Hermano Director, como le dije anteriormente, soy un antiguo alumno que he tenido suerte en esta vida, gracias a la formación que recibí en el colegio, consiguiendo todo lo que cualquier persona puede desear, aunque las circunstancias me obligaron a residir en el extranjero.
Hoy quiero, en mi madurez, rendir tributo y agradecimiento a quienes me forjaron en el estudio y en el trabajo y en la visita que realicé al Centro en la ocasión anterior, vi este torno y este taladro que están aquí deteriorándose. Amante cono soy de la mecánica, quiero que tengan un fin mejor y para ello, pienso adquirirlos para que tengan un sitio de honor en un museo que estoy construyendo para tal fin.
Paradojas de la vida, D Torno y D. Taladro no podían dar crédito a lo que estaban presenciando. Su alegría por un final feliz se veía empañada por el desconocimiento de ambos del antiguo alumno.
Repasaron mentalmente, de forma minuciosa, todas las relaciones de chicos que habían pasado por el Colegio y no eran capaces de reconocer a aquel antiguo alumno.
Cundió el desánimo entre ellos, llegando a pensar pudiera tratarse de algún chatarrero que se hiciese pasar por antiguo alumno, con el fin de obtener el beneplácito del Hermano Director y hacer de ambos un montón de chatarra.
Sus temores desaparecieron cuando ambos reconocieron al unísono, en la persona del antiguo alumno, a aquel pícaro que, era el mismo que años atrás había purgado a D. Taladro y enviado a ‘trabajos forzados’ por el sistema de revolucionar en exceso a D. Torno.
Los dos se regocijaron de su final feliz y es que el Gran Hermano no podía condenar al abandono de un triste sótano a quienes habían mostrado tanto celo y habían tenido tantos desvelos, en la transformación de aquellos desertores de la ganadería y la agricultura, en excelentes personas y profesionales.
Los Corrales, 1 de enero de 1.991

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