sábado, 20 de marzo de 2010

CENTENARIO DE LA SALLE DE LOS CORRALES

EL PRIMER DIA. (PRIMER PREMIO)
Avelino Saiz Marcano.

Era un día de septiembre del lejano (en el tiempo, ya que no en el recuerdo; los recuerdos vividos e intensos son los que perduran. Más aún cuando se parte de la infancia, receptiva y anhelada de sensaciones) año de 1957.
Este día, habría supuesto muchos nervios y esperas, sueños, lamentaciones, pesar, esperanzas, ilusiones; miradas y remiradas al calendario, envidias y admiración a los niños y muchachos que pasaban todas la mañanas y tardes con dirección a ¡Los Corrales de Buelna!....
¡Como sonaba aquel nombre mágico! ¡Los Corrales de Buelna!
A pesar de la poca distancia que había desde mi pueblo … le veía tan distante y enorme. En muchas ocasiones subí por las camberas que llevaban a Orza y desde allí contorneaba la vista aquel inmenso pueblo, cuyo vientre fabril humeaba sin cesar, era como pálidas volutas que se elevaban displicentes y raudas al espacio libre, eran como pesados humos de fuerte olor ácido que dejaban sus secuelas sobre los tejados.
Las locomotoras de vapor, con sus vagones chirriantes y pescante al aire, bambaleándose en cada junta de raíl, poniendo música metálica y cadencias, resoplando con agudos pitidos en cada paso a nivel, de los múltiples que aparecían sobre el trazado, cortando al pueblo por el centro de norte a sur….
…. briosas chispas elevándose por las chimeneas de las fraguas que saltaban las lágrimas del hierro cuando lo constreñían y moldeaban sus moléculas formando bellas formas de aplicación doméstica e industrial; prolongación artesana de una floreciente industria siderometalúrgica…
… bueyes cansinos y briosos corceles, asnos tozudos y mulas tardonas, tiraban de carros, carretas y carretones, circulando por las estrechas calles descarnadas y despertando con sus chirridos a los adustos gatos que se mantenían expectantes sobre las paredes y paredones, agazapados como temiendo algún ataque sorpresivo a sus dominios…
… los canteros domeñaban la piedra con sus precisos cinceles, bruñendo las formas de esquinales, arcos y dinteles, de las casonas, cuadras y cabañas … solidas casas diseminadas por el valle sin orden ni concierto…
… los carpinteros, torneaban la madera noble: los robles, hayas, encinas, castaños… que crecían por doquier, afirmando las construcciones con la prestancia y sobriedad de la naturalidad trabajado con amor…
… mil reses, dos mil, tres mil… pastaban en los minifundios cercados de alambre espinoso o piedra…

… ¡Que bello era Corrales desde Orza!

Un mundo nuevo se iba a abrir ante mí. De un pequeño y disperso pueblo, iba a pasar a una urbe grande y desconocida en sus entrañas. Desconociendo a sus gentes. Estas me parecían distintas hasta en el hablar, comparando con las habituales que yo me relacionaba… Luego, estaban los amigos. Los que estudiaban en Los Corrales. ¡Los que iban a Los Hermanos! Había una gran diferencia, admiración y respeto hacia ellos.

No necesité que nadie me llamase para levantarme de la cama. Eran las siete y media de la mañana; demasiado pronto, ya que mis padres aún no se habían levantado.
Me asomé a la ventana, limpiando los vidrios cubiertos de un ligero vaho cristalino. Llovía tenuemente y el cielo estaba de color gris oscuro, jalonado por densos nubarrones que se colgaban de los montes circundantes semejando ubres de gigantescos rebaños de ganado en actitud gruñona y amenazante.
Fuertes destellos relampagueantes me hicieron apartar la cara del cristal temeroso de que este reventase por la tormenta que estaba descargando sobre el valle.
El Dobra se difuminaba tras y entre la neblina acuosa que llegaba hasta su base.
El campanario de la iglesia cortaba con su alta silueta, desafiante su torre de dormido carillón añejo, el espacio que mediaba entre el monte y yo. En cuantas ocasiones, los días de fuertes tormentas, la espadaña pararrayos era centro de atención de todos los ojos del pueblo que temerosos esperaban la caída del rayo fulgurante para saber salvada su hacienda. Este pararrayos protegía a todo el pueblo de las iras de las tormentas. El ganado que corría veloz presagiando la electricidad buscaba refugio en las cuadras y socarrenas…

… Me vestí apresuradamente porque oí a mis padres hablar…. ¡Arriba hijo que es la hora!
… pasé a la habitación de mis hermanos pequeños y los vi dormidos… salí al balcón y contemplé la mitad del valle, mirando con avidez en todas direcciones, como buscando un brillo de sol, un claro que arrastrase a la oscuridad y al agua… Estaba cerrado el día. No había vestigios de diafanidad que anunciase que el tiempo iba a levantar.
… un rocío brillante cubría las hojas tenues de las hierbas.
… no conocía, aún, el nombre de los montes que en abrazo rodeaban el valle donde mis ojos se abrieron a la luz de la vida. Desconocía tantas cosas y mi avidez por saber, conocer, comprender, era tal, que ante las novedades adoptaba una postura de ensimismamiento, quedándome con la boca abierta, estática, la mirada fija y perdida, recorriendo con la mente y analizando cada pormenor de lo desconocido para luego hartar de preguntas a mis padres, a don Vicente, que hasta entonces había sido mi maestro.

… tenía el desayuno preparado…
… mis nervios se aceleraban porque oía el tránsito de bicicletas y el rumor de voces de los grupos de trabajadores que se dirigían hacia sus puestos de trabajo en Quijano. Iban en grupos de dos, tres, cuatro y hasta cinco personas, con las fiambreras colgadas del manillar. Largas gabardinas de basto tejido o plexiglases con gorro los protegía de todos los fríos y lluvias. Las albarcas eta el calzado donde se metían los pies, enfundadas en escarpines con gruesos calcetines de lana que recogían las bajos del pantalón. Cerca de la capilla de la Virgen de la Cuesta, crucé rápidamente la carretera y me asomé a ver la Virgen. Me agarré a la verja negra que cerraba el breve recinto y la dije algo a la Señora. En el suelo de frías y húmedas losas yacían monedas de cinco y diez céntimos; dos reales aislados y quizás alguna peseta. Una velita rancia, lucía tenuemente sacando resplandores del rostro de nuestra señora.
--- ¡Vamos, hijo, que son las ocho y media!...
… A la vez que mi padre me advertía sonaba el “pito” que cerraba los tres avisos de fábrica. Llegué corriendo a la altura de mi padre. Le había pedido a la Virgen de la Cuesta que me diese suerte en la nueva vida que iba a empezar.

Pasamos el Puente de la Botica y vi el río Muriago con buen caudal de agua, cristalina y rutilante… Alguna pequeña trucha cruzó veloz bajo la arcada del puente y se metió en los agujeros de sus cepas; refugio de la fauna, muy copiosa, de truchas, peces, anguilas y cangrejos…
… Cuando tomamos la desviación, en la plaza, hacia la iglesia, el ritmo de mi corazón aumentó y me sentía, quizás, algo sofocado. Pude comprobar la iglesia en toda su magnitud. Desde mi estatura me pareció más grande que nunca. Algo maravilloso sucedió entonces que jamás había tenido oportunidad de presenciar, el menos tan cerca, … ¡las campanas empezaron a repicar alegremente para anunciar algún oficio! Bellos sonidos impregnaron el aire fresco y húmedo de la mañana poniendo un matiz festivo al hecho de mi primer día de escuela. ¡Que hermoso es escuchar el alegre canto del bronce! ¡Te hincha el espíritu y llena el cuerpo de euforia!
Pensaba de la enorme fortaleza de aquella torre que soportaba el volteo de dos campanas, de cuatro campanas enormes y veloces, envolviendo el aire y lanzándolo a los cuatro puntos cardinales…
… Que piedras tan austeras, rectas y ordenadas, perfectas, sin grietas de vejez o abandono; limpias y brillantes por el agua…

… Sin enterarme he cruzado por primera vez el portón de madera de “mi” patio de Los Hermanos. De la algarabía del patio se pasó al silencio. Largas filas de niños, muchachos, ordenadas y rectilíneas permaneces ante las puertas de las aulas. Entran sacudiendo los zapatos…
¡La figura majestuosa de los Hermanos de La Salle! Los reales Hermanos de La Salle. Yo solo había visto alguna fotografía, y esporádicamente a algunos de ellos en sus largos paseos por el Tubo.
Éramos varios los niños que estábamos con nuestros padres esperando la llegada del Hermano que nos conduciría a nuestro primer grado…
Cuando el patio ha quedado totalmente en silencio, un Hermano se acerca raudo hacia el grupo que hacemos la espera…
… pensé que aquellos seres no eran hombres. Que era incorpóreos y por ello tenían que llevar ropa talar y “babero” para ser vistos… El Hermano está en el centro del grupo. Embebe todos sus gestos y palabras. No me causa temor en absoluto y sí admiración y un profundo respeto. Me huele a santidad como las imágenes, como la cera de las velas, como la casulla y las ropas sagradas del sacerdote. Brilla su “babero” inmaculado y sus lentes le dan el aire de hombra-ángel sabio…
… quizá, ves visiones cuando le noto caminar bajo un hermoso palio celeste, como la sagrada custodia en la procesión del Corpus. Siento un irrefrenable deseo de ser yo quien lleve aquel divino palio… pero,…soy muy pequeño.. lo llevan mocetones altos y fornidos; dicen que son aprendices… Aprendices de hombre bajo la tutela de los Hermanos de La Salle…
… pero… ¡que caramba, si no lo veo! ¿?
He entrado al aula el primero de la fila, siguiendo los pasos del Hermano. Somos unos cincuenta niños.
Unas mesas largas con pupitres y tinteros de porcelana. La madera con pequeños y grandes “chapones” raspados por cristal, deslucidos y suaves al tacto. Nos reparten, después de rezar unas oraciones cuadernos de caligrafía. Palotes y reyas. Nos dan plumas y lapiceros, el catecismo Astete.
El Hermano, mientras pasamos la pluma sobre los palotes, nos va hablando y hablando, como un susurro. Agradable música en oídos de …
Como en un plácido sueño los años se van desgranando.
… HERMANO VALERIANO, HERMANO JULIO, HERMANO VICTORINO, HERMANO EUGENIO, HERMANO AGUSTÍN, HERMANO ANSELMO …

Han pasado tantos años y aún tengo vuestro recuerdo. Os quiero Hermanos. Me dejasteis trozos de vuestra vida y espíritu sin pedirme nada a cambio.
Esperadme y deseo estar con vosotros más allá, todos los cursos juntos; que pena vivir tan lejos.

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