sábado, 27 de marzo de 2010

DON GIL DE ALCALÁ (MANUEL PENELLA) Habanera Todas Las Mañanitas


Su acción transcurre en un virreinato español en el siglo XVIII. Niña Estrella es una huérfana protegida por el gobernador. Vive en un convento a la espera de casarse con don Diego, rico hacendado del país y propuesto por su protector. Pero ella ama a don Gil de Alcalá, capitán español que le corresponde.
El gobernador amenaza a Niña Estrella diciéndola que tiene que casarse con don Diego, y ordena a don Gil que vaya a la frontera a luchar contra una sublevación india muy peligrosa, lo que supone una muerte casi segura.
Al final don Diego confiesa haber tenido de joven, un amor en España, del que nació un hijo y del cual desconoce su destino; resultando ser Don Gil el hijo de ese amor.

LAS BODAS DE FÍGARO (MOZART) 'Che soave zeffiretto'



Esta ópera es una historia de enredos, amores y desamores. Fígaro y Suzanne, ayudas de cámara del conde y la condesa Almaviva, respectivamente, desean casarse y solicitan al conde que renuncie a su privilegio feudal de pasar con la novia la noche de bodas. Pero el conde tras aceptar la petición, acomete una serie de intentos infructuosos para seducir a Suzanne.
Comienzan aquí todo tipo de complicadas conspiraciones y enredos, juegos con falsas identidades en los que participa también la condesa con el objeto de darle su merecido a su marido, etc... Tras numerosas peripecias, los criados consiguen alcanzar su deseo de contraer matrimonio e, incluso, obtienen las disculpas del conde.

viernes, 26 de marzo de 2010

REQUIEM DE MOZART - LACRIMOSA



Insuperable actuación del Coro de la Ópera de Viena y Orquesta Filarmónica de Viena dirigidos por Karl Böhm, interpretando la Lacrimosa del Requiem de Mozart.

LUISA FERNANDA (FEDERICO MORENO TORROBA / GUILLERMO FERNÁNDEZ SHAW): Mazurca de Las Sombrillas / Coro de Vareadores




El primer Acto tiene lugar durante los momentos finales del reinado de Isabel II. El hacendado extremeño, Vidal Hernando y el coronel de húsares Javier Moreno pretenden a Luisa Fernanda. Pero no sólo están enfrentados por asuntos amorosos, Vidal es un liberal y el segundo es monárquico. Luisa está enamorada de Javier, pero también tiene una rival: la Duquesa Carolina.
En el Segundo Acto, viendo que Javier prefiere a la Duquesa para ir de verbena, Luisa acepta la propuesta de matrimonio de Vidal. Ahora la enemistad entre ambos hombres es absoluta.
Ha tenido lugar un levantamiento contra Isabel II y Javier es derribado de su caballo por el mismo Vidal, que es apresado por las tropas liberales. Luisa sin embargo le salvará la vida liberándole de una agresión. Javier será rescatado por los monárquicos.
El Tercer Acto tiene lugar en la hacienda de Vidal, en el linde entre Extremadura y Portugal. La monarquía ha caído. Antes de la boda Vidal ofrece una fiesta en honor de Luisa, pero en plena celebración aparece Javier y pide a Luisa su perdón. Luisa lo rechaza y le pide que se vaya, pero Vidal ha visto claramente cuáles son los sentimientos de Luisa y anulando su compromiso los deja que se vayan juntos.

sábado, 20 de marzo de 2010

CENTENARIO DE LA SALLE DE LOS CORRALES

DEL SÓTANO EN UN ÁNGULO OSCURO (SEGUNDO PREMIO)
A. José Salas Pérez-Rasilla

Todavía recuerdo atemorizado, amigo Torno, la visita que nos hizo aquella persona. Veo que tratan de poner fin a la confortable jubilación que llevamos en la actualidad. Me da la impresión que vamos a pasar el resto de nuestros días en un lugar de esos que ahora llaman “residencia”, pero que siempre se llamó asilo y que para disimular su significado han dado en mutar la expresión por otra que parezca menos dolorosa.
Desde luego amigo Taladro, tu pesimismo no tiene límites. Llevamos en este sótano una vida holgada y tranquila, lejos de aquellos años duros de trabajo y cada vez que alguien nos hace una visita renacen tus temores, cuando lo más adecuado sería alegrarse porque todavía se acuerda alguien de nosotros.
¿No te das cuenta que es frecuente en estas fechas el visitar la las personas queridas, con el fin de hacerlas pasar unos momentos agradables?
Te irás de este mundo siendo un taladro inconformista y gruñón. Ni en tus mejores tiempos supiste ser alegre. Todavía recuerdo aquél año en que nos pusieron a trabajar con aquellos muchachos. Mientras tú mostrabas preocupación porque dudabas que aquellos jóvenes que habían abandonado la agricultura y la ganadería fuesen capaces de asimilar todas nuestras enseñanzas, yo en cambio confié en ellos y con paciencia logramos alcanzar nuestros objetivos y completar su formación.
El tiempo me ha dado la razón. Fueron cientos y miles los alumnos que pasaron por aquí y hoy podemos contemplar que nuestra labor se potenció más de lo que preveíamos, ya que si en un principio nuestra misión era formar jóvenes operarios hoy vemos que esas enseñanzas han servido de base para que se formasen en otras áreas, contemplando en la actualidad orgullosos como muchos de nuestros alumnos ocupan puestos de responsabilidad en distintas empresas, siendo también muchos los que continuaron sus estudios y hoy son maestros, médicos, economistas, religiosos, etc.
Tampoco fuiste ecuánime con la labor de los jefes de taller ni con los Hermanos de La Salle. De los primeros pusiste en duda sus conocimientos y luego viste que eran infundados, pero no te diste cuenta hasta que presenciaste por ti mismo la gran labor que realizaron. De los Hermanos, tu falta de formación y desconfianza, te hizo ver fantasmas donde no los había. Tus antiguos temores, habrás podido comprobar que, eran infundados. No dejarás de reconocer que bajo su dirección, no sólo conseguimos los objetivos previstos sino que, a nuestras pobres enseñanzas mecánicas ellos supieron dar ese complemento que hoy a mi me llena de satisfacción y es que formaron personas, hombres que han demostrado ser no sólo unos excelentes profesionales, sino que además han sabido dar muestras de tener una sólida formación como personas y como padres de familia.
Te veo Torno un tanto duro y enfurecido con mi forma de pensar. Ten en cuenta que yo era más joven que tú y mis recelos y desconfianza iniciales se transformaron con el tiempo. Yo también estoy orgulloso, como tú, de nuestro pasado y he comprendido la labor de los jefes de taller y de los Hermanos. Mi rechazo inicial tenía más de inconformismo juvenil y de rechazo al superior, viniese de quien viniese, que a ellos personalmente. Ya sabes tú que soy el primero en valorar y reconocer de forma positiva su colaboración a lo largo de los años, pero ese no tiene nada que ver con mis negativas impresiones sobre aquella persona que nos visitó en compañía del Hermano Director. Desde luego no fue de mi agrado.
No, si tampoco eran de tu agrado las prácticas deportivas. Recuerdo todavía cuando decías que aquellos jóvenes corriendo y saltando en pantalón corto eran unos desaprensivos. ¿Qué me dices ahora? Bien te alegras cuando consiguen una victoria al baloncesto, balonmano, atletismo, etc. Menos mal que te convencimos que la práctica deportiva apartaba a los muchachos de otras prácticas menos recomendadas. Incluso de aquellos festivales gimnásticos, que eran del agrado de todos, llegaste a decir que no convenía dividir a los chicos en dos bandos (Amarillo y Azul), porque servía para enfrentarlos en rivalidades. No eras capaz de entender que entre gente joven la deportividad va más allá y no te convenciste hasta que otra vez comprobaste por ti mismo que, acabadas las pruebas tanto padres, como profesores, vencedores y vencidos daban muestra no sólo de aprobación, sino de sana alegría.
No fuiste menos afortunado en tus previsiones sobre la famosa “Operación Botella”, cuando para conseguir fondos que sirviesen para construir una estatua al Fundador, dijiste que era una operación descabellada que no iba a tener el respaldo popular. Más tarde comprobaste perplejo como se consiguió levantar, con el esfuerzo de todos, la estatua que podemos contemplar hoy día.
Y si en el pasado te mostraste escéptico e inconformista, ahora auguras un futuro peor. Hoy todavía ves con recelo que hayamos sido sustituidos por Dª Informática y Dª Electrónica. Permaneces anclado en el pasado, amigo Taladro. Menos mal que ahora ves con buenos ojos que continúen los Hermanos.
Te diré que hoy todo el mundo ha evolucionado y como comprenderás, esta escuela no ha permanecido ajena a estos cambios, sino que sigue siendo modélica en sus planteamientos y hace tiempo que se ha percatado que tiene que encaminar sus pasos hacia otros métodos y otras enseñanzas, más afines non los tiempos que corren.
No me es válida la comparación de que nosotros trabajábamos más duro que ahora, lo que pasa en que ahora se trabaja de forma distinta.
También pusiste el grito en el Cielo cuando viste matricularse en el Centro a chicas. Ahí afloró tu machismo y es que no te has dado cuenta que la mujer, día a día, se va incorporando a la vida activa, estando tan capacitada como el hombre para muchas tareas. No me digas que no disfrutas ahora viendo a esas jóvenes compartir las aulas y los trabajos con los chicos y no me digas que no es agradable ver que algunos de ellos se miran, animan y ayudan de una forma que va más allá del mero compañerismo.
He presenciado, con maliciosa alegría, como se desvanecían tus teorías en las que anticipabas que la entrada de chicas iba a convertir el Colegio en poco menos que un antro de perdición.
Lo mismo pasó cuando en el salón de actos se celebraba aquél baile que sirvió para que chicos y chicas del pueblo y hasta de la provincia, se reunieran en sana alegría y que tú desprestigiabas alegando no se que zarandajas pecaminosas, que sólo pasaban por tu mente. Ya me dirás si no echas en falta ahora un baile como aquél.
Sí amigo Taladro, la juventud de estos pueblos sigue esforzándose en mejorar y aunque ahora no tienen que desplazarse andando o en bicicleta, continúan de la misma forma que lo hicieron sus abuelos o sus padres, aunque con otro tipo de dificultades.
Antes el puesto de trabajo estaba asegurado, ahora después de su dura formación, empieza su peregrinar en busca de una colocación. ¡Menos mal que las enseñanzas adquiridas hacen que mejoren las perspectivas de colocación!
Compañero Torno, la vejez me ha dado experiencia y no me queda más remedio que reconocer que tienes razón en todos tus planteamientos. Nuestras divergencias me sirven para comprobar una cosa, que a ti se te ha pasado por alto, y que ahora está tan de moda y es que, a pesar de nuestras distintas “ideologías”, nos hemos aunado para conseguir todo lo que tu has enunciado y eso me hace ver, con un poco de optimismo, ese futuro que antes contemplaba con miedo. Me has hecho recapacitar y es que, cuando una misión tan importante como la enseñanza, que nosotros hemos impartido, dejó en un segundo plano nuestras ideologías y aunamos esfuerzos para conseguir un logro común más importante.
Eso me hace pensar que aunque hoy faltan vocaciones religiosas, la entrada de profesores seglares no va en detrimento de la enseñanza de los Hermanos, sino que teniendo ambos como fin común la formación de los jóvenes, se unirán como lo hicimos tú y yo, para continuar con la ardua labor que nosotros empezamos.
A propósito de nuestros inicios, ¡como ha pasado el tiempo! Se cumplen ahora 100 años del inicio de las actividades del Colegio. Hemos comprobado ambos como ha cambiado todo. Han pasado profesores, alumnos, leyes de educación, situaciones políticas distintas y el Centro continúa su marcha impasible a los distintos acontecimientos. Esto me hace pensar que algo tiene que haber, para que en esos 100 años. No haya cundido el desánimo, la desilusión, la fatiga y se me ocurre que ese mérito no debe corresponder sólo a los relacionados más directamente con el Centro, sino que es mérito de un pueblo entero, sus instituciones, empresas, asociaciones, fuerzas vivas, en definitiva, que hace que se sientan todos orgullosos del colegio que les enseñó sus primeras letras y continúan en el empeño de dilatar ese labor en el tiempo, para satisfacción y orgullo de todos.
Por fin veo que afloran tus ideas positivas. Ya me parecía a mí que, con motivo del Centenario acabarías reaccionando de forma optimista. Ya verás que alegría cuando en cualquiera de los múltiples acontecimientos preparados para su celebración, veamos desfilar por aquí a aquellos antiguos alumnos que hace tiempo que no vemos. Seguro que nos alegramos de ver incluso a los que nos hicieron algunas travesuras, propias de la edad, pero que a nosotros, tan serios, nos hacían rabiar tanto.
No me hables de travesuras Torno, que no se si podré perdonar todavía una de ellas. No diré el nombre, pero todavía recuerdo al alumno que en vez de taladrína me purgó con aceite de ricino. ¡Como le vea otra vez….!
No seas rencoroso amigo Taladro. A mi me reventaban poniéndome el doble de revoluciones, cuando iban retrasados con la pieza que les habían mandado hacer. Reconozco que de momento me enfadaba, pero pasado el tiempo me hacía gracia y ahora recuerdo aquellas pillerías con nostalgia y alegría.
Estaban tan entretenidos con su conversación que no oyeron los pasos que se dirigían hacia e sótano, hasta que el crujir de la puerta hizo que ambos interrumpiesen su ameno diálogo.
Era el Hermano Director que volvía en compañía de aquella persona que días antes habían estado en aquél lugar y que desencadenaron el pesimismo de D. Taladro.
Ambos prestaron atención al diálogo que los recién llegados mantenían.
Hermano Director, como le dije anteriormente, soy un antiguo alumno que he tenido suerte en esta vida, gracias a la formación que recibí en el colegio, consiguiendo todo lo que cualquier persona puede desear, aunque las circunstancias me obligaron a residir en el extranjero.
Hoy quiero, en mi madurez, rendir tributo y agradecimiento a quienes me forjaron en el estudio y en el trabajo y en la visita que realicé al Centro en la ocasión anterior, vi este torno y este taladro que están aquí deteriorándose. Amante cono soy de la mecánica, quiero que tengan un fin mejor y para ello, pienso adquirirlos para que tengan un sitio de honor en un museo que estoy construyendo para tal fin.
Paradojas de la vida, D Torno y D. Taladro no podían dar crédito a lo que estaban presenciando. Su alegría por un final feliz se veía empañada por el desconocimiento de ambos del antiguo alumno.
Repasaron mentalmente, de forma minuciosa, todas las relaciones de chicos que habían pasado por el Colegio y no eran capaces de reconocer a aquel antiguo alumno.
Cundió el desánimo entre ellos, llegando a pensar pudiera tratarse de algún chatarrero que se hiciese pasar por antiguo alumno, con el fin de obtener el beneplácito del Hermano Director y hacer de ambos un montón de chatarra.
Sus temores desaparecieron cuando ambos reconocieron al unísono, en la persona del antiguo alumno, a aquel pícaro que, era el mismo que años atrás había purgado a D. Taladro y enviado a ‘trabajos forzados’ por el sistema de revolucionar en exceso a D. Torno.
Los dos se regocijaron de su final feliz y es que el Gran Hermano no podía condenar al abandono de un triste sótano a quienes habían mostrado tanto celo y habían tenido tantos desvelos, en la transformación de aquellos desertores de la ganadería y la agricultura, en excelentes personas y profesionales.
Los Corrales, 1 de enero de 1.991

CENTENARIO DE LA SALLE DE LOS CORRALES

EL PRIMER DIA. (PRIMER PREMIO)
Avelino Saiz Marcano.

Era un día de septiembre del lejano (en el tiempo, ya que no en el recuerdo; los recuerdos vividos e intensos son los que perduran. Más aún cuando se parte de la infancia, receptiva y anhelada de sensaciones) año de 1957.
Este día, habría supuesto muchos nervios y esperas, sueños, lamentaciones, pesar, esperanzas, ilusiones; miradas y remiradas al calendario, envidias y admiración a los niños y muchachos que pasaban todas la mañanas y tardes con dirección a ¡Los Corrales de Buelna!....
¡Como sonaba aquel nombre mágico! ¡Los Corrales de Buelna!
A pesar de la poca distancia que había desde mi pueblo … le veía tan distante y enorme. En muchas ocasiones subí por las camberas que llevaban a Orza y desde allí contorneaba la vista aquel inmenso pueblo, cuyo vientre fabril humeaba sin cesar, era como pálidas volutas que se elevaban displicentes y raudas al espacio libre, eran como pesados humos de fuerte olor ácido que dejaban sus secuelas sobre los tejados.
Las locomotoras de vapor, con sus vagones chirriantes y pescante al aire, bambaleándose en cada junta de raíl, poniendo música metálica y cadencias, resoplando con agudos pitidos en cada paso a nivel, de los múltiples que aparecían sobre el trazado, cortando al pueblo por el centro de norte a sur….
…. briosas chispas elevándose por las chimeneas de las fraguas que saltaban las lágrimas del hierro cuando lo constreñían y moldeaban sus moléculas formando bellas formas de aplicación doméstica e industrial; prolongación artesana de una floreciente industria siderometalúrgica…
… bueyes cansinos y briosos corceles, asnos tozudos y mulas tardonas, tiraban de carros, carretas y carretones, circulando por las estrechas calles descarnadas y despertando con sus chirridos a los adustos gatos que se mantenían expectantes sobre las paredes y paredones, agazapados como temiendo algún ataque sorpresivo a sus dominios…
… los canteros domeñaban la piedra con sus precisos cinceles, bruñendo las formas de esquinales, arcos y dinteles, de las casonas, cuadras y cabañas … solidas casas diseminadas por el valle sin orden ni concierto…
… los carpinteros, torneaban la madera noble: los robles, hayas, encinas, castaños… que crecían por doquier, afirmando las construcciones con la prestancia y sobriedad de la naturalidad trabajado con amor…
… mil reses, dos mil, tres mil… pastaban en los minifundios cercados de alambre espinoso o piedra…

… ¡Que bello era Corrales desde Orza!

Un mundo nuevo se iba a abrir ante mí. De un pequeño y disperso pueblo, iba a pasar a una urbe grande y desconocida en sus entrañas. Desconociendo a sus gentes. Estas me parecían distintas hasta en el hablar, comparando con las habituales que yo me relacionaba… Luego, estaban los amigos. Los que estudiaban en Los Corrales. ¡Los que iban a Los Hermanos! Había una gran diferencia, admiración y respeto hacia ellos.

No necesité que nadie me llamase para levantarme de la cama. Eran las siete y media de la mañana; demasiado pronto, ya que mis padres aún no se habían levantado.
Me asomé a la ventana, limpiando los vidrios cubiertos de un ligero vaho cristalino. Llovía tenuemente y el cielo estaba de color gris oscuro, jalonado por densos nubarrones que se colgaban de los montes circundantes semejando ubres de gigantescos rebaños de ganado en actitud gruñona y amenazante.
Fuertes destellos relampagueantes me hicieron apartar la cara del cristal temeroso de que este reventase por la tormenta que estaba descargando sobre el valle.
El Dobra se difuminaba tras y entre la neblina acuosa que llegaba hasta su base.
El campanario de la iglesia cortaba con su alta silueta, desafiante su torre de dormido carillón añejo, el espacio que mediaba entre el monte y yo. En cuantas ocasiones, los días de fuertes tormentas, la espadaña pararrayos era centro de atención de todos los ojos del pueblo que temerosos esperaban la caída del rayo fulgurante para saber salvada su hacienda. Este pararrayos protegía a todo el pueblo de las iras de las tormentas. El ganado que corría veloz presagiando la electricidad buscaba refugio en las cuadras y socarrenas…

… Me vestí apresuradamente porque oí a mis padres hablar…. ¡Arriba hijo que es la hora!
… pasé a la habitación de mis hermanos pequeños y los vi dormidos… salí al balcón y contemplé la mitad del valle, mirando con avidez en todas direcciones, como buscando un brillo de sol, un claro que arrastrase a la oscuridad y al agua… Estaba cerrado el día. No había vestigios de diafanidad que anunciase que el tiempo iba a levantar.
… un rocío brillante cubría las hojas tenues de las hierbas.
… no conocía, aún, el nombre de los montes que en abrazo rodeaban el valle donde mis ojos se abrieron a la luz de la vida. Desconocía tantas cosas y mi avidez por saber, conocer, comprender, era tal, que ante las novedades adoptaba una postura de ensimismamiento, quedándome con la boca abierta, estática, la mirada fija y perdida, recorriendo con la mente y analizando cada pormenor de lo desconocido para luego hartar de preguntas a mis padres, a don Vicente, que hasta entonces había sido mi maestro.

… tenía el desayuno preparado…
… mis nervios se aceleraban porque oía el tránsito de bicicletas y el rumor de voces de los grupos de trabajadores que se dirigían hacia sus puestos de trabajo en Quijano. Iban en grupos de dos, tres, cuatro y hasta cinco personas, con las fiambreras colgadas del manillar. Largas gabardinas de basto tejido o plexiglases con gorro los protegía de todos los fríos y lluvias. Las albarcas eta el calzado donde se metían los pies, enfundadas en escarpines con gruesos calcetines de lana que recogían las bajos del pantalón. Cerca de la capilla de la Virgen de la Cuesta, crucé rápidamente la carretera y me asomé a ver la Virgen. Me agarré a la verja negra que cerraba el breve recinto y la dije algo a la Señora. En el suelo de frías y húmedas losas yacían monedas de cinco y diez céntimos; dos reales aislados y quizás alguna peseta. Una velita rancia, lucía tenuemente sacando resplandores del rostro de nuestra señora.
--- ¡Vamos, hijo, que son las ocho y media!...
… A la vez que mi padre me advertía sonaba el “pito” que cerraba los tres avisos de fábrica. Llegué corriendo a la altura de mi padre. Le había pedido a la Virgen de la Cuesta que me diese suerte en la nueva vida que iba a empezar.

Pasamos el Puente de la Botica y vi el río Muriago con buen caudal de agua, cristalina y rutilante… Alguna pequeña trucha cruzó veloz bajo la arcada del puente y se metió en los agujeros de sus cepas; refugio de la fauna, muy copiosa, de truchas, peces, anguilas y cangrejos…
… Cuando tomamos la desviación, en la plaza, hacia la iglesia, el ritmo de mi corazón aumentó y me sentía, quizás, algo sofocado. Pude comprobar la iglesia en toda su magnitud. Desde mi estatura me pareció más grande que nunca. Algo maravilloso sucedió entonces que jamás había tenido oportunidad de presenciar, el menos tan cerca, … ¡las campanas empezaron a repicar alegremente para anunciar algún oficio! Bellos sonidos impregnaron el aire fresco y húmedo de la mañana poniendo un matiz festivo al hecho de mi primer día de escuela. ¡Que hermoso es escuchar el alegre canto del bronce! ¡Te hincha el espíritu y llena el cuerpo de euforia!
Pensaba de la enorme fortaleza de aquella torre que soportaba el volteo de dos campanas, de cuatro campanas enormes y veloces, envolviendo el aire y lanzándolo a los cuatro puntos cardinales…
… Que piedras tan austeras, rectas y ordenadas, perfectas, sin grietas de vejez o abandono; limpias y brillantes por el agua…

… Sin enterarme he cruzado por primera vez el portón de madera de “mi” patio de Los Hermanos. De la algarabía del patio se pasó al silencio. Largas filas de niños, muchachos, ordenadas y rectilíneas permaneces ante las puertas de las aulas. Entran sacudiendo los zapatos…
¡La figura majestuosa de los Hermanos de La Salle! Los reales Hermanos de La Salle. Yo solo había visto alguna fotografía, y esporádicamente a algunos de ellos en sus largos paseos por el Tubo.
Éramos varios los niños que estábamos con nuestros padres esperando la llegada del Hermano que nos conduciría a nuestro primer grado…
Cuando el patio ha quedado totalmente en silencio, un Hermano se acerca raudo hacia el grupo que hacemos la espera…
… pensé que aquellos seres no eran hombres. Que era incorpóreos y por ello tenían que llevar ropa talar y “babero” para ser vistos… El Hermano está en el centro del grupo. Embebe todos sus gestos y palabras. No me causa temor en absoluto y sí admiración y un profundo respeto. Me huele a santidad como las imágenes, como la cera de las velas, como la casulla y las ropas sagradas del sacerdote. Brilla su “babero” inmaculado y sus lentes le dan el aire de hombra-ángel sabio…
… quizá, ves visiones cuando le noto caminar bajo un hermoso palio celeste, como la sagrada custodia en la procesión del Corpus. Siento un irrefrenable deseo de ser yo quien lleve aquel divino palio… pero,…soy muy pequeño.. lo llevan mocetones altos y fornidos; dicen que son aprendices… Aprendices de hombre bajo la tutela de los Hermanos de La Salle…
… pero… ¡que caramba, si no lo veo! ¿?
He entrado al aula el primero de la fila, siguiendo los pasos del Hermano. Somos unos cincuenta niños.
Unas mesas largas con pupitres y tinteros de porcelana. La madera con pequeños y grandes “chapones” raspados por cristal, deslucidos y suaves al tacto. Nos reparten, después de rezar unas oraciones cuadernos de caligrafía. Palotes y reyas. Nos dan plumas y lapiceros, el catecismo Astete.
El Hermano, mientras pasamos la pluma sobre los palotes, nos va hablando y hablando, como un susurro. Agradable música en oídos de …
Como en un plácido sueño los años se van desgranando.
… HERMANO VALERIANO, HERMANO JULIO, HERMANO VICTORINO, HERMANO EUGENIO, HERMANO AGUSTÍN, HERMANO ANSELMO …

Han pasado tantos años y aún tengo vuestro recuerdo. Os quiero Hermanos. Me dejasteis trozos de vuestra vida y espíritu sin pedirme nada a cambio.
Esperadme y deseo estar con vosotros más allá, todos los cursos juntos; que pena vivir tan lejos.

LOS GAVILANES (JACINTO GUERRERO / JOSÉ RAMOS): Mi Aldea / Flor roja / Amigos Siempre amigos







Juan Fauret, el personaje principal de la trama, emigra a El Perú, donde logra amasar una gran fortuna, a costa de perder, en este empeño, su juventud y el amor de Adriana.
Su vuelta a la aldea trastorna la vida de sus paisanos, que especulan sobre los beneficios económicos que les puede reportar la fortuna traída por el indiano.
Entre los personajes afectados por esta locura colectiva, tenemos a Rosaura, la joven hija de Adriana, en quien Juan cree reencontrar el perdido amor de esta última, y a Leontina, madre de Adriana, que luchará con uñas y dientes por lograr tan rentable matrimonio para su nieta.
Pero el amor que Rosaura siente por el joven pescador, Gustavo, hará que se imponga la sensatez y la obra acabe dejando claramente manifiesto que: CON DINERO NO SE COMPRA LA JUVENTUD NI EL AMOR

jueves, 18 de marzo de 2010

LOS PESCADORES DE PERLAS (BIZET) je crois entendre encoré


Junto a una playa de una isla de Ceylan, una comunidad de pescadores de perlas se prepara para una nueva temporada de trabajo, construyendo sus cabañas. Los hombres elijen a Zurga como su jefe.
Hasta ese lugar llega Nadir, antiguo amigo de Zurga, con quien éste recuerda el pasado y su común amor por una muchacha, a la que ambos habían dejado de lado para no comprometer su recíproca amistad.
Se acerca una embarcación en la que los ancianos de la aldea han ido a buscar a una doncella virgen cuyo canto, según las tradiciones, aplacará las eventuales iras del mar en las jornadas de trabajo venideras.
La joven elegida, además, habrá de alejarse de todo amor humano, siendo fiel a un estricto voto de castidad.
Pero a quien se ha traído es Leila, la misma mujer de quien Zurga y Nadir estuvieron enamorados.
Junto a las ruinas de un templo, Leila reposa después del retorno de las embarcaciones de los pescadores.
Allí se encuentra con el sacerdote Nourabad, a quien la muchacha cuenta que alguna vez arriesgó la vida para salvar a un fugitivo, quien, en recompensa, le regaló un collar.
Más tarde, junto a unas rocas, Leila se reúne con Nadir. Reviviendo el antiguo amor, éstos prometen juntarse en el mismo lugar todas las tardes.
Pero los amantes son sorprendidos por Nourabad, quien los lleva ante la aldea para denunciarlos. Allí Zurga reconoce a Leila y, cegado por los celos, en su calidad de jefe condena a muerte a la pareja por su traición.
Se desencadena una tempestad, que aterroriza a los pescadores, pues piensan que es producto de la ira del mar ofendido.
En la tienda de Zurga, Leila trata en vano de defender a Nadir.
Ante su inminente muerte, Leila entrega a Zurga su collar para que éste lo haga llegar a su madre.
Pero grande es la sorpresa de Zurga al reconocer la joya y con él a Leila, aquella muchacha que una vez le salvó la vida.
Las cosas toman otro curso, pues Zurga decide salvar a los amantes, haciéndolos huir.
Para distraer a la multitud expectante por el suplicio de los traidores, Zurga incendia la aldea.
Leila y Nadir logran escapar, pero Nourabad sorprende y condena a muerte a Zurga.
Será él quien será inmolado en una hoguera, que ya ha sido dispuesta para aplacar la ira de los dioses.

martes, 16 de marzo de 2010

DEL VIEJO…………, EL CONSEJO

Si tus alas son de cera
no intentes alcanzar el sol,
mantén intacta tu ilusión
a pesar de vivir en la tierra.

Despójate de vacuas visiones
y escucha la voz del corazón,
que fuera del trabajo y del tesón
la vida no atiende otras razones.

Que lo que no logres alcanzar
no perturbe tu alegría,
continúa laborando, día a día,
y persiste en la busca de tu ideal.

Maliaño, marzo de 2010

viernes, 12 de marzo de 2010

CENTENARIO DE LA SALLE DE LOS CORRALES

ESPLENDOR (PRIMER ACCESIT)
Javier García González


Y empecé a darme cuenta, entonces,
de que ser de La Salle era un don
de Dios”


Hoy se cumplen cien años de una historia,
de una de las historias más hermosas que recuerdo,
cuando Los Corrales era un pueblo con cien casas,
una fábrica, tres molinos, una fuente y una plaza.

¡Han llegado Los Hermanos! ¡Los Hermanos de La Salle!
¡lanzádlo a los cuatro vientos para que se entere el valle!
aunque no viví en aquellas fechas, lo imagina el pensamiento,
perdonad si me emociono, perdonad mi atrevimiento.

Yo quisiera asegurar que aquél día del encuentro,
salió con más fuerza el sol y fue menos más rosado el cielo,
que doblaron las campanas y se alegró todo el pueblo,
que cientos de palomas blancas les dieron la bienvenida,
que aquella primera noche más brillaron los luceros

Después pasados los años, la enseñanza que impartían
se notaba en Los Corrales y demás pueblos cercanos,
lo decían con orgullo aquellos niños de antaño:
¡cuándo llegará septiembre para ir a los Hermanos!

Sucedió en abril, dos siglos antes de esta historia,
cuando un hombre llamado Juan Bautista de La Salle,
hizo posible todo esto que hoy os estoy contando.

La Salle es una casa con mil puertas,
unc olegio, una familia; el mismo puerto
con inquietos muchachos esperando
el barco que los llevará a un mundo nuevo.
es el beso del sol en sus paredes,
es la imagen de la Virgen en sus centros,
es la meta de unos hombres recordando
que allí hay un íntimo rincón siempre dispuesto.

La Salle es la luz, la vida, la esperanza,
de los jóvenes que margina la pobreza,
sabiendo, con certeza, que no en vano
el esfuerzo del trabajo día a día
al final les pagará su recompensa .

Es la esencia de la flor en primavera,
la fórmula que nos acerca a lo divino,
son los patios salpicados de nostalgia
que sellaron nuestros juegos cuando niños.

La Salle es una fuerza interior que nos empuja,
por los caminos que marcan los linderos,
y nos llena de paz y de alegría
yo no sé si ignorándolo o sabiéndolo.
Es competir en buena lid lo deportivo,
mientras muere la tarde y es el eco,
fevolviéndonos palabras que, quién sabe,
cuántas veces de victoria o de lamento.

La Salle es, además, una campana,
el tic-tac de un reloj marcando el tiempo,
el rumor callado de una clase,
puede ser la canción de una muchacha,
o silencio, oración, recogimiento,
o el infantil y alegre vocerío
de los niños saliendo del colegio.

La Salle es la palabre permanente,
que está llena de valor y de nobleza,
es entrega, sacrificio; es una fiesta
que invita a todos a vivir en convivencia.

La Salle es la salida para el alma.,
que flota sobre aguas turbulentas,
apartándola de los peligros y flaquezas,
acercándola a remansos y riberas.
Es el faro que nos guía y nos alumbra,
en la vida, en los días de tormenta,
nos da aliento cuando surgen los fracasos
y a Dios paso a paso lentamente nos acerca.

Yo sé que si os hablo de estas cosas,
de estas crujientes vigas de estos techos,
de esta plegaria que sube tarde a tarde,
desde las aulas del colegio hasta los cielos
es porque escucho todavía, el ritmo
de un corazón para el amor latiendo.
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Sí fui niño yo también y por La Salle pasé,
se amontonan mis recuerdos, poco a poco os contaré:
quiso el cielo reservarme, para mí, una humilde cuna,
¡allá entre las verdes tierras! ¡por fondo el valle de Iguña!
eran tiempos muy difíciles a mi padre yo le oía,
hay que trabajar muy duro todo el año y día a día.
¡Dios mío que poco dinero y solo estamos a diez!

Contaba con nueve años, los cumplí el pasado invierno,
está próximo septiembre, esta vez trae algo nuevo;
una tarde sin querer lo escuché desde la calle,
al pequeño hay que mandarle al colegio de La Salle.

En un amanecer claro y risueño, camino de una estación,
yo me subía en el tren todo lleno de emoción;
muy lejos ya de mi aldea, entre las hoces perdido,
desde el vagón contemplaba la carretera y el río.

De aquellos primeros días que hoy nos quedan tan lejanos,
los del pueblo me decían: ¡vaya suerte a los Hermanos!
Corriendo del bullicioso patio, dejábamos todos los juegos,
al toque de la campana, formando en fila muy quedos:
se hacía la entrada a clase en un solemne silencio,
atentos de pie ante el pupitre, devota oración ofreciendo.

Cristianamente educaban, disciplina y seriedad,
y mucho amor al alumno, ¿quién podría pedir más?,
tenían un dos especial todas sus explicaciones,
por eso aprendíamos todos sin problemas las lecciones;
esta vez le toca el turno al Hermano Visitador,
estamos un poco nerviosos y hasta con algo de temor,
tengo la tarde de suerte, puedo al final sonreir,
he ganado con mis respuestas seis barras de regaliz.

Siempre los primeros viernes al comenzar cada mes,
a mi Dios yo le imploraba me diera fuerzas y fe;
practicando los deportes, uno marcaba mi estela,
era mi pasión el futbol cuando fiché por la Estrella.
¡Madre Santa Inmaculada! ¡Nunca lo podré olvidar!
que fue en el colegio de La Salle donde te empecé yo a amar;
mi niñez quedaba lejos, cuarto y quinto terminé.

Pasado ya aquel verano, empezaba en Aprendices,
¡ah, juventud dorada de aquellos años felices!,
medio día con los libros, otro medio en el taller,
un mes y otro mes pasaba sin tiempo apenas perder.
¡En Pedreña de ejercicios! ¡más cerca del mar y del cielo!
en mis rezos a la Virgen yo le pido aliento y celo.

Los de La Salle en las Forjas, de blanco en el campo están,
entre amarillos y azules dan gloria al Patrón San Juan;
l público se emociona y nos aplaude a rabiar,
son días de fiesta y rosas, con fechas para grabar.
n prácticas de ajuste y torno, con un orgullo especial,
diré que un aprendiz de mi época llegó a campeón regional.

Los años iban pasando dieciocho cumplí ya,
comenzaba con tercero, segundo quedaba atrás;
llegó finales de junio y también la despedida,
con un adiós al colegio y un poco triste en el valle,
veo ondear sobre el cielo el emblema de La Salle.
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Hoy os escribo a vosotros los que un día
tuvisteis que marcharos del colegio,
ni mejor ni peor ni grande ni chico,
sencillamente porque allí se cumplió en tiempo;
os invito a que volváis de vez en cuando
aunque algunos quizás se encuentren lejos
pero, estoy seguro, conservarán aquella etapa
muy cerca, en los lazos del afecto.
Volved esperanzados sin nostalgias,
-la nostalgia es el lastre de los viejos-,
de las recias aldabas, llamad fuerte
porque en La Salle no caben los desprecios,
y no os deis por vencidos si alguien dice
que olvidó vuestro nombre.
En un momento se rasgarán los dedos de la duda
y los brazos serán arcos abiertos.

Regresad como fieles golondrinas
a los nidos de antaño sin recelo,
abiendo que allí está para vosotros
l colegio que dio vida a vuestros sueños,
confortando cansancios y derrotas
sin desvelar motivos ni secretos.
Demostrad con la fuerza del cariño
el brillo de los nobles sentimientos
y madurad agradeces de esperanza
con el dorado mosto del reencuentro.
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Han pasado cien años más por estos valles,
El amanecer ha puesto un azul intenso
En el bellísimo cielo que se refleja
An las aguas del Besaya, un viento breve
Mueve las copas de los robles y los pinos;
Hay una perfecta calma en esta hora del alba…
El sol tímidamente va asomando entre montañas,
Vuelve la vida al pueblo. Por el horizonte viene
Aquel tren que me acercó un día a Los Corrales,
Unos niños se apean muy felices y contentos,
Un himno entonan que va rompiendo el silencio,
¡es el himno de La Salle!¡que cantaban sus abuelos!

La Salle, ya lo veis, después de tanto
es solo un corazón. Pensad en ello;
del recuerdo y gratitud de este colegio,
ha nacido en el fondo de mi pecho, con amor
para San Juan su fundador, este soneto:

¡oh, Señor! Yo también tuve la suerte
de pasar por tus aulas siendo niño,
y allí aprendí a forjar aquel camino
que ha de seguir mi vida hasta la muerte.

En tu sabia palabra hallé dulzura
y vi mi oscuro mundo color rosa,
llegando a comprender esa otra cosa
tu obra.., llena de luz y hermosura.

Tú llenaste mis sueños de esperanza,
me invitaste a vivir con fe cristiana,
me ofreciste tu amor y confianza.

Desde el dulce hogar cada mañana
te doy gracias, Señor, y a Dios le pido
La Salle siga siendo… pura y eterna llama.

AIDA (VERDI)


Aida narra la historia de amor entre una esclava etíope (Aída) y un capitán del ejército Egipcio (Radamés).
Radamés desea convertirse en capital general del ejército egipcio para casarse por Aída, pero éste es deseado por la hija del rey egipcio, Amneris.
Al frente del ejército, Radamés es recibido triunfalmente luego de derrotar al rey de los etíopes (el padre de Aída), a quién trae como prisionero.
Aída convence tiernamente a Radamés para que traicione a los egipcios. Pero luego, atormentado por la culpa, Radamés se entrega a los suyos.
Tras ser juzgado, Radamés es condenado a ser enterrado vivo. Amneris llora sobre su tumba de su amado. Pero de un rincón del calabozo sale Aida, que allí esperaba para morir con él; no está solo. Y en cuanto a la tiniebla, la mazmorra está totalmente a oscuras; mas para los corazones y la fe, el amor y la imaginación de Aida y Radamés, il ciel si apre (el cielo se abre).

viernes, 5 de marzo de 2010

ANECDOTARIO INTIMO (Augusto San Juan Escandón)


MI PRIMERA VISITA A LOS CORRALES DE BUELNA
Hace ya muchos años, de cuyo número no quiero acordarme, cuando era yo todavía un imberbe mozalbete, fui invitado por un pariente que vivía en este pueblo a pasar en su compañía la festividad de San Roque. Residía este pariente en Somahoz, en una antigua casona situada en la entrada del barrio hacia el norte no lejana del borde de la carretera. Se trataba del viejo palacio que todos hemos conocido y que, mandado derruir recientemente, no ha dejado más vestigios que el solar que ocupó durante siglos. Trabajaba mi pariente en la “Fábrica de puntas de Quijano”, pero explotaba, al mismo tiempo, un pequeño “café” o taberna en la planta baja de la vivienda que ocupaba.

Llegué por primera vez a Los Corrales un sábado por la tarde, víspera de la fiesta, haciendo viaje desde Torrelavega en un coche de caballos, conducido por su propietario, un simpático y barbudo cochero conocido con el nombre de Baldomero. Ya en Los Corrales, el coche me dejó en la plaza del Ayuntamiento, donde me esperaba el pariente para acompañarme a pie por la carretera hasta su casa de Somahoz. La carretera, desde la salida de Los Corrales, corría solitaria hasta la entrada de Somahoz, entre praderías y tierras de labranza que la bordeaban a uno y otro lado, sin más edificios que un núcleo de edificaciones que se distinguía a los lejos, a nuestra izquierda, del que destacaban una o dos chimeneas de no muy elevadas dimensiones. “Es la fábrica de puntas”, aclaró mi pariente.
Al llegar a Somahoz se respiraba ya el ambiente verbenero. La taberna o café de mi pariente se veía repleto de hombres, en su mayor parte obreros de la fábrica. En un ángulo del local un grupo de mozos entonaba, copa en mano, canciones montañesas y en el ángulo opuesto el pitero y tamborilero parecían ensayar algunos bailables que habían de interpretar en la verbena o romería. Era tan grande la algarabía del local, que resultaba casi imposible hablar y entenderse como no fuera a puros gritos.
Al atravesar el local en compañía de mi pariente para ganar la puerta del fondo que daba acceso a la escalera de la planta superior, se nos acercó un fornido muchachote, simpático y campechano, que propinándome en la espalda un fuerte manotazo y dirigiéndose a mi acompañante gritó:
-“¿Es éste el pariente que esperabas?
-“Si”-replicó el otro;
- “Pues convídale a lo que quiera –añadió- que hay que celebrar la fiesta”- y de nuevo dejó caer su manaza sobre mi espalda, aunque no con tanta violencia como la vez primera.

Nos acercamos al mostrador donde a mí se me sirvió un vaso de cerveza mientras que el mozo que invitaba pidió para sí una copa de coñac. Tomó éste la copa en su mano y justamente cuando la conducía a la boca en medio de su charla, advertí que dos juguetonas moscas, lanzándose juntas en picado, caían como flechas en su interior, contemplando estupefacto y silencioso, pues no tuve tiempo de avisarle, cómo el muchacho, que no se dio cuenta del accidente, se engullía vivitos dos robustos y repugnantes dípteros. Era la primera vez que veía un auténtico papamoscas, en el propio sentido de la palabra. Porque de los otros, los metafóricos, ya había visto antes y he visto después muchísimos, tantos que pienso que deben ser muy pocas las personas a las que la vida no les depare ocasión para merecer el título.
La cena fue copiosa y se roció con buen vino de Rioja, prolongándose la sobremesa hasta pasadas las once de la noche. Reiteradamente se me invitó a asistir a la verbena, que debía estar muy animada a juzgar por el griterío y bullicio que hasta nosotros llegaba de la calle por una ventana abierta, pero rechacé rotundamente todas las invitaciones, optando por marcharme a la cama. Y tuve tres razones para proceder así: el cansancio del viaje y la somnolencia causada por el vino eran dos de ellas, pero la principal, la decisiva, fue el considerar que un muchacho como yo, un seminarista en vacaciones, no podía ni debía asistir a un espectáculo público nocturno donde es esencial la promiscuidad de sexos. Por aquellos tiempos, la disciplina de los seminarios de sacerdotes era mucho más rígida y austera que lo es ahora. Nos obligaban a vestir de negro en vacaciones y a permanecer apartados de toda fiesta mundanal y de toda concurrencia que pudiera representar un peligro para nuestras vocaciones sacerdotales.
Me acosté, digo, a poco más de las once y, a pesar del cansancio y del sopor, tuve que pasar la mayor parte de la noche en vela, pues las voces de la planta baja y el griterío de la calle no me dejaron conciliar el sueño. Sólo cuando se hizo el silencio, hacia el amanecer, pude quedarme dormido.
Serían las diez de la mañana cuento me levanté. Lucía un espléndido sol de verano y después del desayuno decidí dar un paseo por la carretera hacia el sur para contemplar el Besaya que aquel día bajaba bastante crecido, según se me dijo. Pero al llegar a la explanada central, de la que parte el camino que conduce a San Andrés, observé en medio de la carretera a un grupo de personas excitadas que gesticulaban mucho y hablaban en voz alta. Me enteré, al aproximarme a ellas, de que pocos minutos ante se había producido allí mismo un accidente, del que la única víctima fue una pobre vaca que iba acompañada de su cría. Y se veía a la vaca atada a la reja de una ventana de una de las casas de la derecha. El desdichado animal estaba sosteniéndose en pie sobre sólo tres patas, pues una de las traseras aparecía totalmente tronzada y la colgaba pendiente de una parte de la piel. Su costado derecho presentaba enormes rasponazos y fuertes desprendimientos de piel, producidos al ser arrastrada en la carretera por el vehículo. La cría, al lado de la madre, no cesaba de buscar sus ubres, dando sobre ella fuertes embestidas, que la madre soportaba, limitándose de vez en cuando a volver su cabeza para lanzar a su vástago una mirada cargada de tristeza y resignación. Confieso que este espectáculo dramático me impresionó muchísimo y me llenó de indignación; me parecía que lo mejor hubiera sido sacrificar inmediatamente el animal para evitar inútiles sufrimientos. Comencé a increpar al grupo de hombres que rodeaban a los animales, pero inmediatamente se destacó uno de mediana edad, de cara difícil y toscos ademanes, que acercándose a mí, me espetó a boca de jarro:
-¡Oye, muchacho!, ¿Quién te da a ti vela en este entierro? No te metas en lo que no te importa y sigue tu camino- Giré en redondo y me volví malhumorado a casa. Fue esta la primera víctima de automóvil que conocí y de que tenía noticia. Por aquellos entonces eran muy pocos los vehículos de motor que circulaban por las carreteras. ¡Cuánto han cambiado los tiempos!

Después de la comida, llegó en mi busca mi buen amigo y compañero Segundín Quevedo, que muchos años haya, para desafiarme a una partida de bolos que tenía al lado de casa, que es la misma que hoy ocupa (en la actualidad ya no existe). La bolera desapareció hace ya bastantes años. Y cuando, al dirigirnos a Los Corrales llagábamos al punto en que la carretera enlaza el camino que conduce a Fresneda, observamos que por ese camino llegaba un grupo de cazadores que escoltaba a un pollino que sobre sus lomos transportaba un magnífico ejemplar de jabalí. Nos detuvimos y yo contemplé admirado aquel soberbio animal y hasta me acerqué a él para pasar mi mano varias veces por sus enormes colmillos. ¡Era la primera vez que veía y tocaba un jabalí! ¡Lástima que yo no conozca el nombre de los cazadores! Tal vez Segundo Quevedo los recuerde.
Mientras jugaba a los bolos, observé que un grupo de tres hombres andaban haciendo “algo” entre unos matorrales que lindaban al oeste con la huerta o finca de la casa. Segundo me lo explicó: “Son pescadores que andan a la anguila y al cangrejo”. Nos acercamos a ellos y conocí el Muriago, que pasaba y pasa rozando la finca. Estaba seco por haber sido cortado aguas arriba. Los hombres, provistos de unas tenazas o algo parecido, andaban removiendo las piedras y el fango de la madre y de vez en cuando atrapaban con las tenazas algún cangrejo o alguna anguila. ¡También era la primera vez que yo veía estos animales de río! Pero lo chocante es que en los treinta años que llevo ahora en Los Corrales y a pesar de que he recorrido muchas veces el curso del riachuelo desde su nacimiento, jamás he vuelto a ver persona alguna que estuviera dedicado a pescar en él. ¿Se habrán extinguido sus cangrejos y sus anguilas? Quisiera que alguien me respondiera a esta pregunta.
A la caída de la tarde regresaba a Somahoz acompañado de mi pariente. La carretera se veía muy concurrida por gentes que iban o venían de la romería. Bajo la nogalera de Pie Bandera había un campamento de gitanos. Una gitana de mediana edad, que tenía a su lado a dos niños, estaba sentada en el suelo recostada sobre un corpulento nogal avanzado casi hasta el borde de la carretera y con grandes voces anunciaba la “buenaventura”, manteniendo en torno suyo a un grupo de personas, jóvenes en su mayor parte. Nos detuvimos al pasar y la gitana, al vernos llagar, nos gritó: “¿Les digo la buenaventura, señoritos?” Mi intención fue continuar sin hacerla caso, pero mi pariente se anticipó y replicó: “Sí, échesela a este muchacho”, al mismo tiempo que me empujaba hacia ella, la cual, después de examinar mi mano y de haber fingido una especie de arrobamiento, me anunció con gran solemnidad: “Te casarás en el pueblo y serás en él una persona importante, tendrás muchos hijos - ¿Cuántos? Interrumpió mi pariente- tendrás más de media docena de churumbeles –prosiguió ella- y terminarás siendo muy rico”. Mi pariente rompió a reír a grandes carcajadas y repuso, dirigiéndose a la gitana: “Creo que tu buenaventura está equivocada, porque esta muchacho no es del pueblo, ha venido a él por primera vez y se marchará quizá para no volver más, a menos que cuando sea cura venga de párroco a esta parroquia. Sería entonces verdad lo de convertirse en personaje importante del pueblo, pero en cuanto a casarse y tener tantos churumbeles, parece un poco difícil, y rompió de nuevo a reír. La gitana se quedó mirándole un momento y replicó: “Pues a pesar de todo eso no quito de lo dicho ni una palabra” No interesándome este discusión y para huir rápidamente de las risas de los espectadores, tomé a mi pariente por un brazo y lo empujé carretera adelante, hacia Somahoz. Durante el trayecto no cesó de reírse y de tomarme el pelo con el vaticinio de la gitana.


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Habían pasado muchos años desde aquella mi primera visita a Los Corrales y Dios quiso que durante nuestra guerra civil volviera a este pueblo como empleado de aquella “Fábrica de puntas de Quijano”, a la sazón denominada “José María Quijano, S.A.” Poco tiempo después de mi llegada, se me hizo el honor de ser nombrado Alcalde de este Ayuntamiento, cargo que desempeñé durante algunos años con el máximo ardor y cariño de que fui capaz. Y También poco tiempo después, contraía matrimonio con una hija de este pueblo, que me ha dado siete hijos.
Jamás creí en agüeros, hechicerías o cosas supersticiosas, como dice el Padre Astete. Siempre consideré cosa de risa los trasgos y los fantasmas. Igualmente, me he reído siempre de aquellas personas que atribuyen cierto maleficio a un gato negro, al número 13, al año bisiesto y al pobre e inofensivo mirón en el juego. Ni siquiera he tenido fe en los médicos-brujos o brujos-médicos, por muchas maravillas que me hayan contado de ellos. Pero sobre todo, las gitanas con su “buenaventura” siempre fueron objeto de mis mayores mofas. Y he de confesar sinceramente hoy que, al recordar la “buenaventura” de aquella gitana de Pie Bandera y ver cómo se han venido cumpliendo sus vaticinios todo mi escepticismo a ultranza en estas cosas, parece que se ha reblandecido un tanto. Seguiré mofándome de ellas, pero siento un impulso en mi interior, más fuerte que mi voluntad, que me mueve a rellenar todas las semanas una quiniela y a jugar de vez en cuando a la lotería. Todavía no he podido, o no he sabido o no he querido ser rico (escoja el lector el término que más le guste), que es lo único que falta para que el vaticinio de la gitana quede totalmente cumplido y, a lo mejor -¡quién sabe!- se da también esta coincidencia.

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Como vemos en los recortes de prensa del Diario Montañés, no tuvo que esperar mucho Augusto San Juan para ver cumplido el último vaticinio de la gitana


APARECIERON LOS AFORTUNADOS CON EL SEGUNDO PREMIO
Ayer hemos sabido que la serie del número 3.981, premiado con 15.000.000 de pesetas en sorteo del día 5 del actual, vendido por la Administración nº 2 de Torrelavega, que regenta don Ricardo Gómez, fue adquirida a medias por don José Manuel Carmona, empleado de la Caja de Ahorros de Santander en Los Corrales de Buelna y don Augusto San Juan Escandón, vecino de dicho pueblo, los cuales perciben siete millones y medio cada uno.
Ambos afortunados, satisfechos de su suerte, pese a que no quieren hacer ninguna publicidad de tan grata noticia, esta está en la calle; no obstante, hemos procurado confirmarla y, como es natural, se la ofrecemos a nuestros lectores y aprovechamos la oportunidad para felicitar a don Augusto y a don José Manuel por tan grato acontecimiento.


QUINCE MILLONES DEL SORTEO DEL NIÑO, EN LOS CORRALES DE BUELNA
(Crónica de nuestro corresponsal “Capeli”)
Por este pueblo corría el rumor de que había correspondido a un conocido y estimado convecino, a quien inmediatamente entrevistamos y que a duras penas nos confirmó la noticia. Luego tuvimos ocasión de ver en la entidad bancaria el billete premiado donde estaba depositado.
Quien compró el número fue don Augusto San Juan Escandón, que se desplazó a Torrelavega con este único fin. En principio tenía la intención de quedarse con él completo, pero el otro poseedor de la mitad, muy amigo del señor San Juan, le propuso comprarle a medias accediendo con la condición de que ninguno de los dos supiese el número que iba a comprar, a cuyo efecto metieron cada mitad en un sobre cada uno que luego cerraron acordando que el día 6 a las doce de la mañana abrirían los sobres, encontrándose con la sorpresa de haberles correspondido a cada uno siete millones y medio de pesetas. Como es natural no pudieron dar ninguna participación a sus familiares o amigos porque desconocían el número.
El otro poseedor de la mitad del billete también es muy conocido en Los Corrales, pues es interventor de una sucursal bancaria del pueblo, cuyo nombre silenciamos a ruegos del interesado y según nos manifestó piensa seguir trabajando.
El señor San Juan, había cesado oficialmente en el trabajo el pasado 31 de diciembre aunque todavía el mismo día del sorteo aún acudió a las oficinas de Forjas de Buelna, donde era jefe administrativo, para dejar solucionados los asuntos del trabajo, cobrando seguidamente el premio de jubilación que le correspondía por los estatutos de la antigua mutualidad de Forjas de Buelna y a las 24 horas supo que era millonario, sin que la noticia le afectara gran cosa.
A esta señor, natural de Comillas, contando 18 años y estando estudiando para cura, una gitana le echo la buenaventura y le dijo que se casaría con una chica del pueblo que tendría muchos churumbeles, que sería una persona importante y al final terminaría por ser rico.
El augurio de la gitana, que fue tomado a risa, se ha cumplido al pie de la letra. Efectivamente, el señor San Juan, 25 años después vino a trabajar a Los Corrales, se casó aquí con una conocida señorita de la localidad, tiene 7 hijos, fue alcalde durante varios años y ahora es millonario.
Como decíamos el señor San Juan no se inmutó lo más mínimo por la suerte que ha tenido, aunque a la larga haya mostrado su satisfacción, pero nos dice que su vida normal de siempre no se alterará lo más mínimo.

NABUCODONOSOR (VERDI): Coro Esclavos Hebreos (Va Pensiero)



"Nabucco" se desarrolla en el año 586 antes de Cristo, cuando el ejército babilonio dirigido por el rey Nabucodonosor está sitiando Jerusalén. Por su parte, el líder judío Zacarías pide a sus tropas que resistan mientras Fenena, hija del invasor, esté junto a ellos.
La princesa había llegado a Jerusalén siguiendo a su enamorado Ismael, quien fue embajador en Babilonia, y ahora es rehén de los defensores.
Nabucodonosor toma la ciudad y en las acciones en torno al templo donde están los líderes judíos y los levitas, Abigail descubre a su hermana con Ismael tratando de huir. Entonces le ofrece a Ismael la libertad de su gente si éste acepta su amor y deja a Fenena, propuesta que él rechaza.
Nabucodonosor irrumpe en el templo y Zacarías trata de asesinar a Fenena, pero Ismael la protege y la devuelve a su padre. Este es invadido por la ira y ordena destruir el templo y deportar a los judíos a Babilonia.
El rey invasor se mantiene en Jerusalén, lo que le dará la chance a Abigail de tratar de erigirse en reina de Babilonia con la ayuda del sacerdote supremo de Baal. Ella acaba de enterarse de que no es hija de Nabucodonosor, sino una esclava adoptada, y jura acabar con Fenena, Ismael y los hebreos.
Su plan se complica con el retorno del rey, quien exige que su pueblo y el hebreo lo adoren como a un dios. Zacarías se rehusa y Fenena, quien se casó con Ismael, se convierte al judaísmo.
Nabucodonosor persiste en su delirio y es tirado al suelo por un rayo. Abigail se coloca los atributos reales y decreta la sentencia de muerte de los hebreos. El rey se halla en estado de confusión pero, al saber que Fenena va a ser ejecutada, no da su consentimiento. Ante el peligro que afronta su hija el rey ora por ella a Jehová y una luz cae sobre él.
Al tiempo que el sacerdote de Baal recibe a las víctimas, Nabucodonosor, recuperado de su extravío se presenta ante su pueblo. El ídolo se derrumba y Abigail es herida de muerte. Antes de fallecer pide perdón y se dirige al dios hebreo rogándole al rey que una a Fenena e Ismael por siempre. Nabucodonosor reconoce al dios extranjero y libera a los israelitas.