miércoles, 1 de mayo de 2013

LA TROICA

NOTA
El autor recomienda que para leer esta historia escuchar como fondo de la lectura, la suite:  “Cuadros de una Exposición”, del compositor ruso Modes Mussorgski.
Pero no es requisito necesario para disfrutar de este breve relato.
 
El Museo Thyssen es una maravilla. No tiene cuadros tan espectaculares como los del Prado, sobre todo por sus dimensiones, pero su calidad es similar. En cuanto a la variedad de estilos, épocas y autores, es superior. Abarca desde los clásicos hasta los movimientos y tendencias más actuales. Siempre que voy por Madrid y encuentro una mañana libre, me voy a disfrutar con las obras de arte que allí están reunidas.
La primera vez que visité el Thyssen fue hace diez años, en el 2002. Al entrar en una de sus salas, quedé fascinado por un cuadro; era de los más grandes que hay en el museo.
Por lo general, los cuadros que hay en el no son de grandes dimensiones. Este mide tres metros de largo por dos de alto. El cuadro se titula “La Troica”. Es un paisaje nevado de la estepa rusa en el que se ven tres caballos tirando de un trineo, donde viajan un caballero y una dama. Su realismo es tal que da la impresión de que en cualquier momento los caballos van a salir del cuadro galopando, arrastrando el trineo por las salas y los pasillos del museo.
Su autor es Fiodor Vasilef; uno de los mejores pintores Paisajistas-Realistas rusos. El autor del cuadro estudió en la Escuela de Arte de San Petesburgo. Era de familia noble. Tenía el título de conde. Pintaba por placer, y solamente cuando estaba inspirado. Nunca vendía sus cuadros. Todos los regalaba a sus familiares y amigos, excepto uno al que profesaba especial cariño y lo tenía en el lugar más destacado de su biblioteca. Este autor murió muy joven, hacia el año 1860; por lo que su obra es escasa, pero muy cotizada. En la actualidad sus cuadros alcanzan, en las subastas de arte, precios que pasan de los cuatro millones de euros.
Después de estar más de una hora admirando aquella maravilla, al salir de la sala me fijé en un señor muy mayor que estaba sentado en una silla en la pared de enfrente del cuadro; pero yo no le di ninguna importancia. Unos meses después volví a Madrid y fui de nuevo al Thyssen para admirar aquella pintura. Mi sorpresa fue el encontrarme otra vez con el mismo señor sentado en la misma silla frente al mismo cuadro. Me acerqué a él y comentamos las características y el estilo de la pintura y del autor. Aquel hombre conocía hasta los más mínimos detalles de todo aquello.
Después salimos juntos y, una vez en la calle, me contó la historia del cuadro. Cómo había venido a parar desde Rusia a España. José, que así se llamaba el viejecito, muy amablemente me contó parte de su vida, que en algunos aspectos estaba ligada a la de aquel cuadro.
El Conde Andrei Vasilef vivía en un gran palacio, en San Petesburgo. El palacio lo heredó de su abuelo, el Conde Fiodor Vasilef, el gran pintor de paisajes realistas. Andrei estaba soltero y sus únicas ocupaciones eran las de pasearse por sus inmensas propiedades para cobrar las rentas de sus tierras a los siervos que las cultivaban, a los que, después de pagarle, apenas les quedaba nada para poder vivir. Cuando terminaba el cobro de las rentas, se dedicaba a viajar. En uno de sus viajes a Paris, allá por el 1912, compró un automóvil Renault, de lujo, negro con adornos dorados por todas partes, con aspecto de carroza funeraria, tapicería de cuero, muy grande, con ruedas de goma con cámara de aire y un potente motor que alcanzaba los sesenta kilómetros por hora; algo extraordinario para aquella época. Con aquél coche se paseaba por sus tierras causando espanto entre ganados y campesinos que salían corriendo, asustados, despavoridos al oír los resoplidos, estornudos y explosiones de aquel monstruo negro con destellos de oro, nunca visto por aquellos lares.
El color negro y el brillo dorado del metal, en contraste con la blancura de la nieve de la estepa, destacaban desde una legua de distancia.
Cuando estalló la revolución rusa, a principios del año 1917, el conde Andrei Vasilief, al enterarse de que los bolcheviques estaban ya cerca de San Petesburgo, y que por donde pasaban los revolucionarios acababan a tiros con todos los aristócratas que encontraban a su paso, cargó en su coche Renault los objetos más valiosos que tenía en su palacio y salió huyendo sin esperar a que llegaran a detenerle. Con aquel Renault grande y potente Andrei recorrió toda Europa, que en aquellos años estaba en llamas, envuelta en la primera guerra mundial. Dio muchos rodeos y vueltas para evitar los lugares en que la guerra era más cruenta. No obstante, a veces se veía sorprendido en medio del fuego de ambos bandos. Pero aquel coche era tan duro que las balas no traspasaban la chapa de la carrocería; a lo más que llegaron fue a causarle algún desconchón de la pintura o alguna abolladura. Al fin, tras sortear todos aquellos peligros, recorrer muchos kilómetros, y cruzar numerosos países, consiguió llegar hasta Suiza.
Allí se instaló en Lausana, en el hotel City, un modesto alojamiento donde era fácil pasar desapercibido y no llamar la atención. Metió el vehículo en el rincón más oscuro del garaje del hotel y no volvió a sacarle nunca más de allí.
Sólo volvía al coche cuando tenía que ir a buscar alguna de las joyas u objetos valiosos que guardaba en él, y que iba vendiendo poco a poco para poder vivir.
En el año 1960 José se marchó a Suiza. Aquí en España no encontraba trabajo y tuvo que emigrar para poder subsistir.
En Lausana entró a trabajar en un taller de reparación de automóviles, donde permaneció treinta años, hasta que se jubiló. Después de dejar el trabajo de aquel taller, para no aburrirse y tener algo en que ocupar su tiempo, José, que era un buen mecánico, compró un pequeño local donde se entretenía en restaurar antiguos coches, que compraba en desguaces y chatarrerías.
Un día en que José iba a su pequeño taller, al pasar por la parte trasera del Hotel City, vio como unos albañiles que estaban haciendo obras en el garaje del hotel para ordenarlo y aumentar su capacidad, salían empujando un coche viejísimo, lleno de polvo y telarañas. A José, nada más ver el coche, le picó su afición y preguntó a los obreros dónde llevaban aquello. Los obreros le dijeron que lo iban a dejar allí en la calle hasta que mandaran venir a una grúa para que se lo llevara a una chatarrería. José les dijo que, si se lo vendían, él se lo quitaría de allí gratis. Habló con el jefe de la obra y llegaron a un acuerdo. Fue en busca de una lata de gasolina, la echó en el depósito, se puso al volante y, con la ayuda de uno de los obreros que hizo girar la manivela de arranque, intentaron ponerle en marcha. El coche al principio resopló, estornudó, tosió y, al segundo intentó, arrancó con un estrépito de explosiones que atronaron la calle, hasta que el motor alcanzó la temperatura adecuada, regularizó su marcha y salió pitando hacia el taller de José, que estaba a pocos metros de allí. Iba con su compra más contento que si le hubiera tocado la lotería.
Aquel coche para José era una maravilla, una joya extraordinaria. En realidad mucho más extraordinaria de lo que él imaginaba en un principio. La mecánica del coche estaba perfecta. No así la tapicería de cuero, de la que los ratones apenas habían dejado alguna pequeña muestra. La carrocería y la chapa tenían bastantes abolladuras, casi todas producidas por las balas con las que tuvo que enfrentarse en su viaje desde San Petesburgo hasta Lausana. La goma de las ruedas estaba pasada y agrietada por el tiempo.
Pero todo esto no significaba nada para José. Con sus conocimientos sobre coches antiguos, aquel coche quedaría tal y como estaba cuando salió de la factoría Renault, hacía ya más de ochenta años.
Después de reparar la tapicería, la chapa, la pintura, los faros y poco más, porque el motor estaba perfecto, empezó a trabajar con las ruedas. Buscó los neumáticos y las cámaras apropiadas y se puso a montarlos. Quitó las gomas viejas y colocó las nuevas sin ningún contratiempo.
Pero, al llegar a la rueda de repuesto, se encontró que no tenía cámara. En su lugar había una tela enrollada. Sacó la tela, la extendió, y sus ojos quedaron maravillados al ver lo que contenía aquel rollo. Allí había una pintura bellísima, muy bien conservada, aunque algo arrugada en algunas de sus partes. Aquella tela era el cuadro que tenía en el lugar preferente de su biblioteca el Conde Fiodor Vasilef, el preferido, el mejor que pintó el abuelo de Andrei. Este, al escapar de San Petesburgo, lo había escondido en la rueda de repuesto de su coche. La goma le había protegido a lo largo de aquellos ochenta años que llevaba allí, desde que el nieto del pintor, al huir de los bolcheviques, lo escondiera dentro de aquella rueda que le preservó de cualquier daño, especialmente de los ratones, si no hubiera sido por la goma, habrían acabado con él, lo mismo que hicieron con la tapicería del coche.
José no entendía mucho de pintura, aunque sí de arte; prueba de ello es cómo trataba a los coches que restauraba: siempre con un absoluto rigor artístico. Aquellos coches antiguos, de lujo, se fabricaron bajo normas y proporciones artísticas. No como los de ahora, en los que solo se busca la aerodinámica y la seguridad. Ahora importa muy poco la belleza y el arte. Al mirar aquella pintura, su sentido del arte enseguida le hizo ver que aquello tenía un gran valor.
Buscó a un experto y se la enseñó. El perito le dijo que, efectivamente, era una obra muy valiosa; incluso estaba firmada, y aquel autor era uno de los más cotizados. No obstante, había que restaurarla. Aunque no tenía grandes daños, la pintura estaba resquebrajada en alguna de sus partes por el largo tiempo que había permanecido enrollada y, si no se le trataba a tiempo, al extenderla y estirarla para colocarla en un marco podía echarse a perder.
El problema que se le presentó a José era que la restauración era muy cara. El no quería desprenderse del cuadro, pero no tenía suficiente dinero para pagar la rehabilitación, viéndose en la disyuntiva de quedarse con él tal y como estaba o venderlo. Por fin, tras pensarlo mucho, optó por pedir un crédito a un banco. Ya se las arreglaría él para pagarlo. Lo que él quería era tener el cuadro en su casa y disfrutar de aquella maravilla. Con la ayuda del perito, al que había consultado, buscó un técnico de confianza especialista en restauraciones que, tras varios meses de trabajo, dejó el cuadro como si no hubiera estado encerrado en la rueda del coche aquellos ochenta años. Pero entonces surgió otro problema. La restauración fue tan larga y costosa que el presupuesto inicial se dobló. José ante aquello, con harto dolor y sentimiento, no tuvo más remedio que llevarlo a una casa de subastas para que lo vendieran y poder pagar al restaurador.
El cuadro alcanzó en la subasta un precio elevadísimo. Varios millones de dólares, que pagó un Varón Holandés llamado Heini Thyssen, y lo destinó al museo que acababa de inaugurar en Madrid. José, al enterarse de que el cuadro venía a España, se sintió aliviado del pesar que le produjo el haber tenido que venderlo. Con el dinero de la venta del cuadro compró una casa en Madrid, en el Paseo del Prado, cerca del museo, y se vino a vivir aquí.
Desde entonces José todos los días viene al museo, se sienta frente al cuadro que, en su fuero interno, considera como de su propiedad. Cada día descubre algo nuevo en la pintura; algún detalle o faceta que antes le habían pasado desapercibidas. José pasa allí todas las mañanas, admirando y disfrutando de su hallazgo, completamente feliz de haber colaborado a que aquella maravilla pueda ser admirada por todos los que visitan el museo. Es raro que haya algún visitante que pase de largo y no se fije en aquella obra. La dicha de José llega al máximo cuando escucha los elogios y aprobaciones que todos dedican a…
“Su cuadro”.

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